Un sábado y dos domingos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



El domingo pasado se disputó la final del fútbol argentino, en la que midieron fuerzas dos equipos históricos del sur: Estudiantes de La Plata y Vélez Sarsfield. La diosa Victoria sonrió a la primera de las dos escuadras, que contó con un par de colombianos, y que, es de notar, disfruta incluso hoy de una reputación por aquí. Nombres como los de Juan Ramón Verón y Osvaldo Zubeldía son familiares para los que invocan el espíritu combativo de esa escuela de Estudiantes, que en 1969 participó en la final mundial de clubes más violenta de que se tenga memoria, ante el AC Milán. Uno de los que más habría celebrado el último título, con ser otro padre fundador de dicha mística, es Carlos Bilardo, cuyos recuerdos cincuentenarios ahora un padecimiento neurológico quizás ha borrado del todo.

Sin embargo, Bilardo, de amplio recorrido colombiano, podría no haber encontrado razones absolutas para alegrarse, pues el mismo día murió su enemigo metonímico, César Menotti, que en alguna ocasión lo llamó “enano mental”; y que, hará un lustro, enterado de la enfermedad del médico entrenador, solo le deseó el bien sin ironías de ninguna clase. Después de todo, un adversario de valor es casi un amigo. Fue así como Bilardo, en la oscuridad de su invierno, se me pareció a aquel portero inglés, Sam Bartram, que el sábado 25 de diciembre de 1937, al no percatarse de la suspensión del partido que se celebraba, debido a la niebla reinante, permaneció en el frío natal del arco por quince minutos, en ciega soledad. ¿Quedarse sin opuesto sería como suceder a Bartram?

La historia del arquero que fue ridiculizado por no descuidar su puerta es la de la perseverancia, y por eso rio último y mejor: en 1954 impuso el récord de 500 apariciones en partidos de la liga inglesa, cuando además fue finalista, a los cuarenta, del premio al jugador del año. Luego quebró el registro de encuentros disputados de su propio equipo, con 623, y se dio el lujo de retirarse a los cuarenta y dos años. ¿Quién podría quejarse del muchacho que rehusó dejar su meta desprotegida? Bilardo, por otra parte, durante las postrimerías de su lucidez se reprochó en una entrevista haberle dedicado tanto tiempo al fútbol: confesaba que lo ponía mal escuchar la canción Me olvidé de vivir, de Julio Iglesias; con lo que, sin saberlo, acaso anticipaba el cruel olvido actual. Azares del destino, dicen.

En febrero de 1996 leí en el periódico que el domingo previo un avión les había caído encima a unos niños que jugaban fútbol en Paraguay. La noticia habría sido fácil de dejar ir si no la hubiera tenido en mente horas más tarde, mientras yo mismo movía la pelota con ciertos amigotes en una cancha de cemento a cielo abierto, y examinaba si podía haber tan mala suerte que nos aplastara también una aeronave. Volví a pensar en ello hace poco, cuando me enteré de que el “accidente” estaba mal contado: no, no les llovió un aeroplano a unos niños futbolistas de la nada, sino que un avión de carga colombiano, con tres tripulantes barranquilleros, y un pasajero, se había venido a tierra y había matado a dieciocho personas de un barrio popular de Asunción, entre ellas los menores. Quedó grabado en voz que los aviadores, por hacer una broma, causaron la tragedia. Soledades olvidadas.