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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Mientras me intoxico con la fastidiosa publicidad política que habrá que aguantarse hasta junio, pienso en la índole de las personas que en Colombia todavía se atreven a mandar a pintar un eslogan que dice "Ahora sí, el progreso viene conmigo", "Hagamos de este país una potencia", o alguna afrenta de ilusiones similar, para intentar con ello ganar votos, o simplemente para justificar el ya premeditado ulterior chocorazo en cada caso.

Es, como en El Padrino, un insulto a la inteligencia del pueblo colombiano; es como decir: la gente es estúpida, prométele cualquier cosa.

No pasaría nada si el común colombiano tuviera los elementos para identificar quién es quién con suficiente criterio político y madurez cívica, pero ese no es nuestro caso; por eso aquí todavía llega cualquier hambriento de tesoro público, y lo obtiene.

¿Quiénes son esos a los que les gusta tanto el negocio de la política? Pregunto eso porque no lo sé. ¿Son ciudadanos respetables que representan lo que somos los colombianos de verdad? No lo creo. ¿Son seres más capaces de encauzar los anhelos populares de tal forma que las leyes de la República representen tal sentir? Lo dudo.

¿Son personas honorables al punto de renunciar a la realización de sus importantes intereses personales con tal de cumplir con una tarea impostergable, indelegable? Tampoco. ¿Quiénes son lo que, a estas alturas, todavía aspiran a vivir del idiota que obediente paga sus impuestos?

Quiero saber quiénes son esos que aspiran a obtener riquezas y respetabilidad de una posición de poder social, antes que a enaltecer a sus electores no interesados en hacer lo mismo que ellos (porque hay electores que saben muy bien cuál es el negocio, claro: la mayoría).

El verdadero poder de una sociedad depende del contexto que ella misma haya creado. En la colombiana, está claro que el poder del dinero se sobrepone a la dignidad, al valor personal, y a la vilipendiada bondad, a los valores democráticos y humanitarios, a la vida misma. La plata, y no otra cosa, es la medida de todas las cosas en Colombia.

Eso ya se sabe. Sin embargo, ¿no tenemos derecho a soñar nosotros con un futuro mejor para nuestros hijos? Seguro que sí. Pero, ¿cómo se construye eso con tanto oportunista que aspira a ejercer la representación de los intereses populares?

Ojalá el pueblo tuviera la capacidad de auto-componerse y así expulsar de su entraña a aquellos que no lo respetan, para que se vayan con sus promesas, publicitarias y de las otras, a donde los castiguen por pensar que la gente es boba.

Por lo demás, los colombianos no somos eso: estamos formando un país todavía, y hasta cierto punto es necesario surtir todo este trámite histórico, en el que una partida de tipos que no podrían ser candidatos a nada en ninguna parte decente, aquí defraudan hasta a los que, desde siempre, no hemos creído en ellos.

Realmente no importa quiénes son esos a los que se les nota el apetito voraz cada cuatro años (¡y que cada vez son más!): lo interesante es que el pueblo los desnude con su desprecio y que elija a alguno que sirva para que haga algo, que también de esos hay. No muchos, pero hay.



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