Mejores tiempos vendrán: 90 años de la masacre de las bananeras

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Escrito por:

Ricardo Villa Sánchez

Ricardo Villa Sánchez

Columna: Punto de Vista

e-mail: rvisan@gmail.com



“Las bananeras es tal vez el recuerdo más antiguo que tengo”, dijo Gabriel García Márquez, en quizás una de las tantas de sus alusiones, a los trágicos acontecimientos entre el 5 y 6 de diciembre de 1928. 90 años después, aún la masacre de Las Bananeras, sigue impune.

La insubordinación comenzó, con la organización incipiente de los trabajadores por las condiciones indignas de trabajo, en medio de un convulsionado país, de bayonetas al hombro, más crisis económica, cuando los Yankees le habían cortado el chorro de los préstamos a Colombia. El 12 de noviembre, exigiendo garantías y mejores condiciones de trabajo, en las plantaciones de guineo, los que dirigían la “cuadrilla de malhechores”, llamaron a la huelga a los trabajadores, en medio de las tensiones de la época, de los arrestos masivos, de los despidos arbitrarios, del despliegue militar, que se concreta en la matanza de la Plaza de Ciénaga, y en la persecución en caliente, durante los siguientes días, para dispersar a la movilización, que después, como ahora también lo hacen, los llamaron conspiradores, en los consejos de guerra, en los que condenaron, a los pocos sobrevivientes y testigos de la masacre.

Hoy, como en la razón de la sinrazón de Cervantes, construyen un nuevo relato de las bananeras, reescrita por los que se creen vencedores de las violencias, echándole tierra a la memoria histórica de las víctimas, de los que, según ellos, se beneficiaron de las bacanales de la fiebre del banano, que para Gabo, fue la época “cuando los cigarros no se encendían con fósforos sino con billetes de cinco pesos”.

Los mismos que para el recuerdo, dejarían en la plaza 9 cadáveres, como los puntos del pliego, alrededor de los miles de casquillos de las balas, de la tragedia anunciada, cuando, a los que llamaron aves de mal agüero, empezaron a caminar por la Plaza, por la estación del tren, por las puertas de las fincas, para gritar: -Dieron orden de disparar, huyan- y les contestaban los Juan Sin Miedo: -Nosotros no huimos como los cobardes. -El gobernador no va a venir… ¡los van a traicionar!, le ripostaban: -Cállate, vendido; o les suplicaban: -¡Compañeros retírense! ¡Nos van abalear!, y lo señalaban los mismos que vociferaban-¡Viva la huelga!, ¡Viva Colombia!, mientras caían muertos en la Plaza; o como cuando en Macondo José Arcadio Segundo, cuenta que gritó: -¡Cabrones! Les regalamos el minuto que falta-; o cuando los sobrevivientes de las bananeras, muchos años después, testimoniaban que a los muertos los arrojaban a una fosa común, que estaba detrás de la alcaldía; o recordaban asustados que los buscaban de finca en finca, que no había donde esconderse, que los cazaban como a patos; que había sido una carnicería, que habían acoplado cien vagones de la locomotora para llevar a  la leyenda de los más de 3.000 muertos, que tirarían al mar, como si fueran banano de rechazo.

Leyenda que, como diría García Márquez, desde cuando pasó la verde tempestad del banano, ahora, en las barriadas de Ciénaga, los jóvenes que imitan el acento boricua y anhelan comprar una moto a pago diario y grabar canciones de reguetón, se burlan de quien diga que, en La Plaza de Los Mártires, murieron todos estos trabajadores y les importa más el cuento del tamaño del miembro de la escultura de Arenas Betancourt, que su símbolo de resistencia.

La huelga fracasó, se llevó de lastre el naciente Partido Socialista Revolucionario; hizo grande a Jorge Eliecer Gaitán, en sus debates; dividió a los conservadores hasta perder su hegemonía, ─los que, en recompensa, después de hacerle el mandado a las élites y al enclave de la United Fruit Company, le pagaron a Cortes Vargas, nombrándolo Director de la Policía, al pacificador de las bananeras, como Rito Alejo del Rio, en El Urabá; para que deviniera el poder liberal, en 1930. Todo eso existió y nos avergüenza, no es un mito histórico, ni se puede ocultar; pero, todavía guardamos la esperanza de que mejores tiempos vendrán. Aún hoy, casi un siglo después, sigue vivo su recuerdo



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