Descubridores de nuevas fronteras

Editorial
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Jean-Luc Godard y William Klein registraron desde ángulos insospechados imágenes de los mundos que vieron, y de los que inventaron.

Iconoclastas y fundadores de nuevas tradiciones de apertura y libertad, se convirtieron en reinventores del cine y la fotografía, con el despertar de inquietudes y la combinación de factores que vinieron a cambiar esas artes para siempre. Discípulos suyos fueron portaestandartes de ese mismo impulso al comienzo del nuevo milenio y ahora tienen millones de imitadores improvisados en el espacio ampliado de expresión de las redes sociales.
Como si se hubieran puesto de acuerdo para cerrar a un mismo tiempo el ciclo de sus vidas nonagenarias, ambos murieron la semana pasada después de haber contribuido a toda una serie de transformaciones que comenzaron con el hecho de llevar a la calle la toma de imágenes que hasta entonces se realizaba en estudios y laboratorios excluyentes. Tarea que continuó con la exploración de las imágenes de la vida cotidiana, los movimientos sociales y las actividades callejeras, que les permitió poner al descubierto luces y sombras de la condición humana y contenidos teatrales de los actos colectivos.
Con la complicidad de seguidores enriquecidos en el alma con las experiencias estéticas que transmitieron sus íconos revolucionarios, Godard y Klein contribuyeron a la ampliación de ese gran diccionario de significantes y significados que desde entonces integra lenguajes visuales, orales y escritos, para describir e interpretar la vida contemporánea.
Godard, parisino y también suizo, originalmente crítico de cine, se convirtió en uno de los pioneros de “la nueva ola” cuando irrumpió con su película “À bout de souffle” (Jadeante).
La edición del material recogido era consecuente con esa locura y se realizaba generalmente con el abandono de la delicadeza tradicional de hacer casi imperceptibles, o suaves y plenamente justificados los cambios de ritmo, de discurso y de locación.
Godard no vaciló en incorporar a su obra actores de la vida real, como los Rolling Stones, e intentó infructuosamente conseguir que Richard Nixon aceptara interpretar al Rey Lear. Últimamente concibió una película en tercera dimensión en torno a su propio perro, bajo el título de “Adiós al lenguaje”.
William Klein, por su parte, revolucionó la fotografía desde cuando se hizo presente con la revelación de imágenes tremendas de la vida urbana, resaltadas en esa escala que literalmente “pone las cosas en blanco y negro”.
Neoyorquino, de la comunidad judía, descubrió temprano la riqueza del ambiente francés, y fue allí donde estableció su epicentro y desarrolló la mayor parte de su trabajo. Nada mejor para un futuro maestro de las imágenes que haber comenzado con estudios de pintura, como lo hizo Klein en condición de afortunado alumno de Fernand Léger, para pasar luego a la fotografía de gran formato y convertirse en cazador de imágenes de personajes y acontecimientos con maestría en la revelación de esos secretos que la gente lleva puestos y solamente una cámara oportuna puede advertir.
Federico Fellini cayó en su momento bajo el embrujo de sus íconos y le llevó como asistente en una de sus películas. De allí resultó su trabajo de un libro sobre Roma, que se extendió más tarde a Tokio y Moscú.
Puntual, preciso, con los matices puestos ahí de una vez en cada fotografía, sin necesidad de palabras, y con capacidad inaudita para mover de manera diferente y libre el cerebro de cada espectador, Klein tuvo el privilegio de realizar su contribución al desarrollo de las artes “sin reglas, sin prohibiciones y sin límites”, como lo proclamó hasta cumplir 96 años de una vida que bien valió la pena y terminó en discreto silencio.
La partida de esos dos gigantes, rebeldes, transformadores, creativos y visionarios, deja el buen recuerdo y el ejemplo de quienes fueron capaces de mover hacia adelante las fronteras del registro de las complejidades de la condición humana en sus dimensiones individuales y colectivas.
Klein había tomado en 1960 una fotografía de Godard, en blanco y negro, con sus gruesos anteojos de la época ligeramente oscuros y en la boca un cigarrillo encendido, enmarcado por dedos nerviosos listos a recibirlo. Con esa imagen, renovada en posteriores ocasiones, contribuyó no solamente a su presentación en público como director de cine con motivo de la aparición de “À bout de souffle”, sino que puso la primera cuota de una relación atada por la coincidencia en la dedicación al manejo de imágenes, que en la memoria de discípulos y admiradores les unirá para siempre.


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