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Una década después, viven realidades opuestas

Editorial
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En 2014, miles de jóvenes salieron a las calles de Hong Kong y Taiwán para defender la autonomía de dos territorios que, diez años después, viven realidades opuestas: el primero ha visto restringidos sus derechos y libertades, mientras que el segundo ha preservado su independencia política de China.

La reciente entrada en vigor de una nueva ley de seguridad en Hong Kong ha sido el último exponente de un largo retroceso democrático que, desde la óptica taiwanesa, evidencia el fracaso del modelo de “un país, dos sistemas” con el que la excolonia británica volvió a manos de Pekín en 1997.

Hong Kong ha tenido un gran impacto en la política taiwanesa, como ahora lo tiene la guerra de Ucrania, demostrando qué pasa si te administra China o eres atacado por una fuerza extranjera.

Los primeros en clamar contra la creciente influencia de China fueron los taiwaneses, quienes el 18 de marzo de 2014 irrumpieron en la sede del Parlamento local para protestar por la aprobación de un acuerdo comercial de servicios con Pekín, ratificado de forma opaca por el entonces partido gobernante, el Kuomintang (KMT).

Aquel fenómeno, conocido como Movimiento Girasol, ocupó el Yuan Legislativo durante 24 días, período en que aglutinó suficiente apoyo popular como para forzar al Ejecutivo isleño a suspender la implementación del acuerdo.

Unos meses después, en septiembre de 2014, miles de hongkoneses siguieron el ejemplo taiwanés y salieron de forma masiva a las calles, en su caso para reclamar su derecho a elegir al líder del territorio semiautónomo.

El Movimiento de los Paraguas, bautizado así por el uso que hacían los manifestantes de estos objetos para defenderse de los gases lacrimógenos de la policía, suscitó mayor atención internacional que el Movimiento Girasol, pero sin los mismos resultados: las autoridades de Pekín se mantuvieron inflexibles y los líderes de las protestas sufrieron persecución judicial.

Las semejanzas entre ambos movimientos son evidentes: lugar central de los jóvenes, gran utilización de las redes sociales, resistencia pacífica como método de protesta y reivindicaciones de índole democrática; sin embargo, la geografía jugó un papel clave en sus desenlaces dispares.

Taiwán y China están separadas por el estrecho; Hong Kong y China están separados por un río. En Hong Kong) es mucho más estrecha la influencia política y la amenaza de una intervención militar está ahí.

La revuelta de Hong Kong marcó un importante punto de inflexión en la dirección de los movimientos sociales de la ciudad, ya que un gran número de activistas optó por emprender acciones directas de desobediencia civil, desafiando el poder policial y enfrentándose a posibles enjuiciamientos.

Consecuencia de ello fueron las movilizaciones de 2019 y la imposición, por parte de Pekín, de una estricta Ley de Seguridad Nacional que provocó la detención de las figuras prodemocráticas más destacadas de Hong Kong, así como la clausura de partidos políticos, medios de comunicación independientes o sindicatos.

Esta normativa también allanó el camino para que China revisará el sistema electoral hongkonés, otorgando a las autoridades continentales un control casi total sobre la selección de los gobernantes locales.

En Taiwán, los efectos del Movimiento Girasol han sido radicalmente distintos: el KMT no ha vuelto a gobernar la isla, el Partido Democrático Progresista, considerado como “independentista” a ojos de Pekín, ha ganado las tres elecciones presidenciales que se han celebrado desde entonces y las relaciones con China se han enfriado.

La diferencia es que las fuerzas prodemocráticas pueden ganar elecciones en Taiwán y en Hong Kong eso no es posible; hay que reflexionar sobre el estrecho espacio que existe para el activismo civil en la excolonia británica, ahogada aún más por la entrada en vigor, el sábado pasado, del Artículo 23, una ley de seguridad adicional que contempla penas de cadena perpetua por crímenes como traición o insurrección.

La Ley de Seguridad Nacional y la nueva Ordenanza constituyen las dos armas mágicas del sistema jurídico hongkonés para prevenir y contener las revoluciones de colores, y son vitales para mantener la estabilidad.

Una década después del estallido social, las reformas parecen haber devuelto la paz social a Hong Kong a cambio de sacrificar su vibrante mercado laboral, mientras que Taiwán ha conservado sus instituciones democráticas, al tiempo que ha reforzado su importancia global y su rol geoestratégico en la región.



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