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Ninfómana

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Acabé de ver la segunda parte, recién estrenada en Colombia, de la que promete ser la más polémica película del obsesivo danés Lars von Trier: Nymphomaniac, o sea, en español puro, Ninfómana (y no Ninfomanía, como prostituyen el título los "cineastas" de las distribuidoras, quienes mueven el negocio). Fui al cine con la misma amiga con que había visto la primera parte, hace un par de meses, pues, aunque no tengo problema en ir a ver películas solo -nunca lo he tenido-, me habría sentido como un viejo verde en este caso particular, habida cuenta de la sabida y cruenta exhibición en el filme de imágenes explícitamente genitales, aunque no necesariamente sexuales, debido a la -óigase bien- censura todavía existente. De cualquier manera, consideré importante estar acompañado de una mujer, inteligente y bella esta vez, para después escuchar sus opiniones sobre lo visto, dado que no hay que olvidar que una ninfómana, por definición, tiene que ser una señora. Desde allí la cosa se condiciona: ¿por qué no hay "ninfómanos"?
Por supuesto, podrá decirse que, en general, hay adictos al sexo, y que, sin más, a los hombres con esta enfermedad se les llama así y punto, y que no hace falta inventar palabras. Claro. Incluso yo, jugando al crítico, hace un par de años escribí aquí mismo una reseña de Vergüenza, la extraordinaria profanación recaída en los hombros de Michael Fassbender, en que se desnuda sin pudor aquello que tal vez impulsa la sempiterna búsqueda masculina de sexo frenético, con cualquier mujer, a cualquier hora. Y donde se evidencia el vacío que en verdad se esconde tras un velo transparentado: la infantil virilidad que representa querer estar con todas ellas al tiempo, para sencillamente no estar tan solo. De alguna manera, sin embargo, el mismo asunto cobra aún más interés en tratándose de una mujer.
Nymphomaniac es la continuación no lineal, dicen, de dos trabajos precedentes de von Trier: Melancolía y El Anticristo (no recuerdo cuál vi primero, pero todavía me están explicando ambos), creaciones que sufrí en silencio, estoicamente, con esos ritmos lentos y esa simbología tan original del autor -o tan arbitraria-. En esta cinta, en cambio, se nota desde el principio el deseo de manipular el avivamiento del espectador con un temita tan poco conocido como interesante, por lo real: el "deseo violento e insaciable en la mujer de entregarse a la cópula", como dice el diccionario que es la ninfomanía: furor uterino que condena a la protagonista incluso a rasgarse su propia intimidad hasta la triste sangre. Pues he ahí el motivo central de la historia: la violencia, renegada, y, no obstante, presente en la vida cotidiana y no sólo en la alcoba.
Lars se metió ahora en camisa de once varas con el género femenino: defendió con su narrativa que la adicción sexual humana es aún más crítica en la mujer, tal vez por aquello del prejuicio machista de siempre; y, además, hizo todo lo posible por demostrar que, en este caso, en el de ciertas damas, las apetencias sexuales están confundidas, entrelazadas, con su aspiración secreta a la victimización circunstancial por virtud de la aplicación de fuerza controlada de parte del verdugo. Toda una tesis, que, aunque vieja, se creía superada. ¿Acaso no ha sido así? Se queda uno con la duda después de ver el padecimiento de una persona sin poder real sobre su vida, la pobre: vivir deseando que alguien más tome el control. A la salida, quise preguntarle a mi compañera cinéfila sus impresiones al respecto, pero recordé que, en algunas circunstancias, siempre será mejor callar.