Hay momentos en que uno quisiera adelantarse unos años, mirar hacia atrás y descubrir que aquello que parecía apenas una ilusión terminó ocurriendo.
Que Colombia sí pudo. Que después de tantas elecciones vividas como una batalla entre buenos y malos, aprendimos finalmente que un país no se construye derrotando al que piensa distinto, sino encontrando un propósito suficientemente grande para que todos queramos empujar hacia el mismo lado. El 20 de Julio pasado como un hecho histórico, vimos votando juntos al Centro democrático y al pacto histórico, en hora buena, nuestro Honorable Senador Honorio.
Hoy quiero permitirme ese lujo: soñar despierta con nuestra Patria Milagro. Imagino una Colombia donde vuelva la confianza, lleguen nuevas inversiones, se creen empleos y nuestros jóvenes puedan escoger entre quedarse o marcharse, sin sentir que para progresar necesariamente tienen que irse. Una Colombia donde recorrer una carretera vuelva a ser un placer, abrir un negocio no sea un acto de valentía y el mundo deje de asociarnos primero con nuestros problemas para empezar a reconocernos por nuestras posibilidades.
Y hay un sector donde Colombia puede hacer una verdadera revolución económica: el turismo.
Lo digo desde una actividad que conozco y he vivido durante años. Tenemos dos océanos, selvas, montañas, desiertos, pueblos patrimoniales, música, gastronomía y una biodiversidad extraordinaria. Pero tenemos, además, algo que ningún gobierno puede construir por decreto: una manera de recibir al visitante que forma parte de nuestra identidad.
Santa Marta debería ser protagonista de ese nuevo rumbo. Hoy con viceministro de turismo Fidel Vargas, es la oportunidad. Acabamos de cumplir quinientos años y tenemos una combinación que pocos destinos pueden ofrecer: la Sierra Nevada encontrándose con el Caribe, culturas ancestrales, historia, naturaleza y una ciudad que fue puerta de entrada al continente. Sin embargo, tenerlo todo nunca ha significado saber aprovecharlo todo.
Nuestra Patria Milagro debería proponerse convertir a Colombia en uno de los grandes destinos turísticos de América Latina. Para lograrlo necesitamos seguridad en carreteras y territorios, conectividad aérea internacional, infraestructura, bilingüismo, playas ordenadas, servicios públicos confiables, promoción inteligente y reglas estables para quienes quieran invertir. Necesitamos, sobre todo, dejar de tratar el turismo como ese sector bonito que aparece en los discursos acompañado de fotografías de playas y empezar a entenderlo como lo que realmente puede ser: una gran industria nacional generadora de divisas, empleo y desarrollo regional.
Una habitación ocupada pone a trabajar mucho más que un hotel. Trabaja el taxista que recoge al visitante, el pescador que abastece el restaurante, el guía, el artesano, el músico, el agricultor y quien vende una cocada frente al mar. Pocas industrias tienen la capacidad de repartir sus beneficios de manera tan inmediata entre tantas personas.
Quiero imaginar una Colombia con muchos más visitantes internacionales, nuevas rutas aéreas, inversión hotelera y territorios que encuentren en su cultura y naturaleza una manera digna de prosperar. Quiero imaginar una Santa Marta conectada directamente con más ciudades del mundo y entender que nuestros primeros quinientos años no fueron una celebración para mirar hacia atrás, sino el punto de partida de los próximos quinientos.
Tenemos un nuevo gobierno por comenzar y una oportunidad que sería imperdonable desperdiciar. No todo dependerá del Presidente. También necesitaremos empresarios que inviertan, alcaldes que ordenen sus ciudades, ciudadanos que las cuiden y una oposición que vigile sin desear que al país le vaya mal. Porque una cosa debería unirnos por encima de cualquier elección: si al gobierno le va bien haciendo lo correcto, a Colombia le tiene que ir mejor.
Ajá Leo, ¿y hoy qué? Hoy permitámonos creer, pero también hacer. Que la seguridad abra territorios, la confianza traiga inversión y el turismo convierta nuestra riqueza en oportunidades. Quizá la Patria Milagro no sea aquella donde todo cambia de repente. Quizá el verdadero milagro comience el día en que dejemos de preguntarnos quién ganó y entendamos que ahora nos corresponde hacer que gane Colombia.