Una década no es mucho, pero tampoco es poco. En una década, como dice el poeta, se pueden escribir todas las palabras de amor y prenderles fuego para calentarse con esa hoguera. En Colombia, en cambio, aún no hemos terminado de escribir —mucho menos de quemar— todas las palabras de la paz. Hace diez años culminaba el proceso de negociación con la guerrilla más antigua de América Latina y se firmaba un acuerdo entre las Farc-EP y el Estado colombiano que prometía cerrar uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia.
El sueño de la paz nunca consistió únicamente en silenciar los fusiles. También implicaba llevar prosperidad, oportunidades y desarrollo a los territorios históricamente golpeados por el conflicto. Sin embargo, una década después, las cifras más optimistas hablan de cientos de excombatientes asesinados y del recrudecimiento de la violencia en varias regiones apartadas del país. La dejación de las armas fue una condición necesaria, pero no suficiente. Como esporas que sobreviven al incendio, han surgido nuevas expresiones del conflicto, hoy vinculadas al crimen organizado transnacional, al narcotráfico y a otras economías ilegales.
Sin duda, el país ha registrado avances que sería injusto desconocer. No obstante, siguen abiertos los interrogantes sobre la reparación integral de las víctimas y sobre la entrega de los bienes y recursos de las antiguas Farc-EP destinados a ese propósito. Con el paso del tiempo, esa reparación —económica, moral e histórica— parece cada vez más distante. Muchas de las personas que sufrieron directamente la violencia continúan viviendo en la periferia, lejos de las oportunidades que debería garantizarles el Estado y el conjunto de la sociedad.
La paz siempre debe ser el horizonte. No existe una alternativa más digna para un país que ha vivido tantas décadas de violencia. Sin embargo, diez años después del acuerdo, resulta evidente que la firma de un documento era apenas el comienzo. Un proceso de esta naturaleza requiere políticas públicas sólidas en educación, salud, infraestructura, generación de empleo, desarrollo rural y reincorporación, entre muchas otras tareas que aún siguen pendientes. La paz no puede reducirse a un acto jurídico ni a un logro diplomático; debe convertirse en una realidad cotidiana para quienes más han sufrido la guerra. Solo entonces podremos decir que aquella década fue el inicio de una verdadera transformación.
Columna: opinión
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