Cada generación cree haber encontrado la fórmula definitiva para resolver los problemas de la humanidad.
La nuestra no es diferente. Hemos depositado una confianza casi ilimitada en la ciencia, la tecnología, la economía, la ingeniería social y la capacidad del Estado para corregir las imperfecciones de la condición humana. Sin embargo, mientras nuestras herramientas se vuelven más sofisticadas, nuestras sociedades parecen más incapaces de convivir.
El contraste merece atención.
Nunca la humanidad produjo tanta riqueza. Nunca tuvo acceso a tanto conocimiento. Nunca dispuso de semejante capacidad para comunicarse. Sin embargo, el resentimiento político, la violencia cotidiana, la crisis de la familia, la ansiedad colectiva y la polarización dominan buena parte del mundo democrático.
Quizá el problema no sea la ausencia de soluciones.
Quizá sea el diagnóstico.
Con frecuencia hablamos de la paz como si fuera un objetivo político. Se firman acuerdos, se crean ministerios, se anuncian programas y se multiplican las instituciones dedicadas a alcanzarla. Todo ello puede ser útil. Ninguna sociedad puede prescindir de la ley ni de la autoridad legítima.
Pero la historia demuestra una verdad incómoda: ningún gobierno ha conseguido fabricar paz.
Puede imponer orden.
Puede contener la violencia.
Puede castigar el delito.
Lo que no puede hacer es reconciliar el corazón humano consigo mismo.
Hace más de siete siglos, Santo Tomás de Aquino definió la paz como tranquillitas ordinis: la tranquilidad del orden. La expresión conserva hoy una sorprendente actualidad. La paz no consiste únicamente en la ausencia de conflicto. Es el resultado de un orden justo que permanece en el tiempo.
Toda paz auténtica descansa sobre una jerarquía de bienes.
Cuando esa jerarquía se altera, aparecen inevitablemente las tensiones. Lo observamos en la vida personal, donde la búsqueda obsesiva del éxito suele terminar sacrificando la familia o la propia integridad. Lo observamos también en las naciones, cuando la política deja de servir al bien común para convertirse en un instrumento de poder permanente.
Las sociedades modernas, sin embargo, han querido resolver este problema eliminando toda referencia a un orden moral objetivo. La autonomía individual ha pasado de ser una garantía de libertad a convertirse, con frecuencia, en el único criterio de verdad.
El resultado es paradójico.
Cuanto menos acuerdo existe sobre aquello que es bueno, justo o verdadero, mayor debe ser la intervención del poder político para arbitrar conflictos que antes resolvían la conciencia, la cultura, la familia o la religión.
El Estado crece precisamente allí donde desaparecen las instituciones morales que antes limitaban su necesidad.
No se trata de un argumento contra la democracia ni contra el Estado laico. Las sociedades libres necesitan gobiernos limitados y neutrales frente a las distintas confesiones religiosas. Pero la neutralidad institucional nunca significa neutralidad moral.
Toda civilización descansa sobre principios que no puede producir por sí misma.
La libertad presupone responsabilidad.
La justicia presupone verdad.
La dignidad humana presupone que el hombre posee un valor anterior al reconocimiento del poder político.
Cuando esos fundamentos desaparecen, las leyes continúan existiendo, pero pierden la capacidad de sostener una comunidad.
Por eso resulta ingenuo pensar que la paz puede alcanzarse únicamente mediante redistribución económica, reformas constitucionales o acuerdos entre élites políticas. Ninguna transformación institucional puede corregir aquello que permanece desordenado en la naturaleza humana.
La tradición judeocristiana llamó a ese desorden pecado.
La filosofía clásica lo llamó desorden moral.
El lenguaje contemporáneo prefiere hablar de fallas estructurales.
Cambian las palabras.
La realidad permanece.
Este debate adquiere especial importancia en Colombia. La paz no puede construirse mientras el discurso público siga alimentando resentimientos, clasificando ciudadanos en bandos irreconciliables o presentando el conflicto permanente como herramienta de movilización política. Ninguna sociedad consigue reconciliarse cuando el lenguaje cotidiano convierte al adversario en enemigo.
Las democracias sobreviven porque existe algo más fuerte que el poder: una cultura compartida capaz de enseñar límites, deberes y responsabilidades.
Esa cultura no nace por decreto.
Se forma en la familia.
Se transmite mediante la tradición.
Y, para millones de personas a lo largo de la historia, encuentra su fundamento último en Dios.
Quizá esta sea la lección que la modernidad ha olvidado.
Las sociedades no colapsan porque les falten recursos.
Colapsan cuando dejan de saber para qué existen.
La paz nunca será el producto final de una estrategia política.
Siempre será la consecuencia de un orden moral que los hombres descubren antes de intentar gobernar a los demás.