La desazón de los sectores populares por el costo de vida se convirtió en la Gran Bretaña, donde la ciudadanía es políticamente alerta y activa, en factor de desgaste prematuro de la imagen y la aceptación del primer ministro. Por lo cual los parlamentarios, que cuidan de sus jardines electorales y miran hacia la próxima elección, decidieron que era bueno echarlo a tiempo, para no lamentarse en los próximos comicios generales. Decisión aupada por su falta de olfato en el manejo de asuntos como el del nombramiento de embajador en los Estados Unidos, así en otros aspectos su figuración internacional haya sido decorosa.
Ante la necesidad de un político más felino y capaz de mostrar resultados en materia de costo de vida y otras cosas inmediatas, la maniobra de los laboristas para tener nuevo primer ministro sin acudir a elecciones generales, debería figurar en las cartillas de maniobras políticas. Los parlamentarios resolvieron que el exitoso alcalde de Mánchester, derrotado anteriormente en la carrera por la jefatura del partido, sería, ahora sí, el gallo para traer a Londres a ocupar la jefatura del gobierno. solo que no era miembro del parlamento, condición indispensable de todo primer ministro. Por lo cual hicieron renunciar a un parlamentario, para que la curul quedara vacante y el alcalde, después de renunciar a su oficio, fuera elegido, como lo fue, miembro del parlamento.
Andy Burnham, juicioso estudiante y graduado de literatura inglesa en Cambridge, algo inusual pero interesante en la fauna política, acaba de asumir, sin competencia y por unanimidad, la jefatura del laborismo. Pronto llegará a Downing Street, previa autorización del rey, y vendrán la consabida feria del reparto de ministerios, las comparecencias ante el parlamento, y el desfile de medidas para resolver problemas y ganar el favor popular. Además, claro está, deberá dirigir las maniobras de política exterior, con un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, otro en la OTAN, uno más en el G7 y unas cuántas arandelas más en escenarios muy alejados de lo que haya podido ser la gestión de una alcaldía.
Las relaciones con los demás países europeos estarán obligatoriamente en lo más alto de la agenda. A ello obliga la trayectoria del apoyo sostenido del Reino Unido a la causa de Ucrania, la cercanía con Francia y Alemania, y el hecho de que a estas alturas solo un tercio de los británicos consideran que lo del Brexit fue una decisión adecuada. Mientras que los sectores mayoritarios y más dinámicos de la economía, así como los jóvenes, desean un nuevo acercamiento, y de pronto hasta el retorno al seno de la Unión Europea.
Curiosamente, uno de los escollos más serios que deberá afrontar el nuevo primer ministro es el de la nueva relación con los Estados Unidos, afectada severamente por las variaciones de tono del presidente americano, que se atribuye facultades de inmiscuirse donde le da la gana y de reclamar, como si fuese obligatorio, el apoyo incondicional del mundo occidental en aventuras, como la del ataque a Irán, que emprende sin consultar con nadie.
Relacionarse en los mejores términos con el presidente de los Estados Unidos resulta obligatorio para cualquier gobernante británico. Entre otras cosas porque la relación bilateral no depende solamente de quiénes gobiernen, pues existen vínculos intensos, profundos y valiosos que la gente seria de lado y lado del Atlántico aprecia y desea mantener. ¡A dura prueba estará sometido Burnham ante una contraparte que ha llegado al exceso de pedir, y obtener, el retiro de una sanción de tarjeta roja en el Mundial de Fútbol!
Las actuaciones del presidente de los Estados Unidos no han tenido en cuenta la famosa “relación especial” más que para los aspectos protocolarios de las manifestaciones de aprecio por la realeza. Por lo demás, en materia estratégica y de defensa no ha habido sino exigencias onerosas y políticamente difíciles de atender, formuladas con un tono de superioridad que pone a prueba cualquier paciencia.
Con extraordinario tino deberá obrar el nuevo premier británico después de que Trump, que no es ni mucho menos Roosevelt, dijo que Starmer no era Churchill, título que el impecable Sir Keir jamás hubiera osado reclamar; además de que es de pronóstico reservado lo que Sir Winston hubiera pensado del empresario Donald metido en aventuras políticas y militares de gran envergadura.