Salida en falso

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El error político del ministro del Interior designado, Rodrigo Lara, no es un incidente menor. Es un recordatorio de que el gobierno entrante aún no ha calibrado la complejidad institucional que enfrentará desde el primer día. La elección de Honorio como presidente del Senado era una oportunidad para proyectar estabilidad y madurez política. En cambio, el episodio terminó revelando improvisación.

Honorio es, por trayectoria y temperamento, una figura confiable. Su elección enviaba una señal de equilibrio. Pero justamente por eso, el intento de forzar una alternativa resultó innecesario y costoso.

El triunfalismo es un riesgo operativo

El equipo de Abelardo parece todavía instalado en la lógica de la campaña. Esa fase terminó. El país que recibirán exige decisiones rápidas, prioridades claras y una comprensión precisa de los límites fiscales, institucionales y políticos. Persistir en la euforia es un riesgo operativo: nubla el juicio y conduce a errores que erosionan capital político antes de que exista.

La atención del gobierno entrante está concentrada en lo táctico —viajes, empalmes regionales, gestos simbólicos— cuando debería estar enfocada en lo estratégico. Antes de escuchar demandas locales, deben entender con qué recursos cuentan y qué restricciones enfrentarán. Sin ese diagnóstico, cualquier promesa es retórica.

Una batalla innecesaria y una señal preocupante

El pulso por la presidencia del Senado fue un error de cálculo. No era una batalla que el gobierno necesitara, y menos una que pudiera ganar sin costos. Si existía un compromiso previo con De Luque, era responsabilidad del presidente electo aclarar las prioridades. La política exige jerarquizar lealtades, y privilegiar las personales sobre las institucionales es una señal de inexperiencia.

El resultado fue claro: el gobierno entrante quedó expuesto. Le midieron la capacidad de maniobra demasiado temprano, y la impresión no fue favorable.

Un gabinete con entusiasmo, pero sin experiencia estratégica

El equipo ministerial muestra energía, pero carece de la experiencia acumulada que se requiere para navegar un entorno de crisis. Las competencias técnicas son valiosas, pero insuficientes cuando se trata de gestionar coaliciones, negociar con actores diversos y sostener gobernabilidad. Falta densidad estratégica. Falta inteligencia emocional aplicada a la política real.

Un ministro del Interior no puede pretender imponer autoridad desde el simbolismo moral. El Congreso opera con incentivos, no con épica. La gobernabilidad se construye con acuerdos silenciosos, no con gestos de confrontación.

Negociar no es opcional: es una capacidad crítica

El consejo es simple: el presidente electo y su círculo inmediato necesitan entrenamiento intensivo en negociación. No es un accesorio; es una herramienta esencial para cualquier administración que enfrente restricciones fiscales, fragmentación política y urgencias sociales. El programa de Harvard es el estándar global. Deberían estar ahí antes de posesionarse.

La estrategia no puede seguir aplazándose

El gobierno ha mostrado buena intención: reuniones con actores económicos, presencia en regiones, acercamientos internacionales. Pero eso no constituye una estrategia. La prueba está en el episodio del Senado: sin una hoja de ruta clara, las decisiones se vuelven reactivas y los errores se multiplican.

El país que recibirán no ofrece periodos de gracia. La administración entrante asumirá funciones en un contexto de crisis, con recursos limitados y expectativas altas. Intentar resolver todo simultáneamente es una receta para el caos. La gerencia de crisis exige foco, prioridades y disciplina.

Todavía hay tiempo para corregir. Pero la ventana se está cerrando.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com

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