La elección de Honorio Henríquez como presidente del Congreso de la República, dejó una imagen que pocos habrían imaginado. Fuerzas políticas que durante años se han presentado como antagónicas terminaron coincidiendo en una misma decisión. Para algunos será una muestra de madurez democrática; para otros, la evidencia de que los discursos suelen ser más rígidos que las convicciones.
No se trata de condenar los acuerdos. Sin ellos, la democracia no podría funcionar. Lo sorprendente es que quienes construyeron su capital político atacando al adversario -tildándose de guerrilleros o paramilitares- terminan ejecutando pactos contradictorios para no desprenderse del poder, sin siquiera ofrecer una explicación suficiente a quienes los eligieron.
Hoy la ciudadanía no exige unanimidad; reclama honestidad y coherencia política. Podremos comprender un pacto, pero difícilmente aceptar una contradicción envuelta en silencio.
Resulta inevitable recordar el principio de polaridad expuesto en El Kybalión: los opuestos no son más que extremos de una misma realidad, separados únicamente por su grado de vibración. Quizá la política confirme, una vez más, esa intuición filosófica. Tal vez izquierda y derecha, cuando el poder está en juego, descubren que la distancia que las separaba era menor de la que proclamaban desde la tribuna.
Ojalá esa misma capacidad para alcanzar acuerdos apareciera cuando se trata de construir país; cuando el propósito fuera derrotar la pobreza, fortalecer la educación, recuperar la seguridad o impulsar el crecimiento económico. Si pueden unirse para elegir un presidente del Congreso, ¿por qué no hacerlo para sacar adelante las grandes transformaciones que Colombia reclama?
Porque las mayorías se construyen con votos, pero la confianza ciudadana se construye con coherencia política. Y cuando esta última se sacrifica en nombre de la primera, la victoria puede ser legítima, pero deja un costo que termina pagando la democracia.
Es mi palabra