La oración del título se oye en otros lugares del Caribe, y en México, con una fórmula distinta que conserva el mismo sentido, aunque quizás resulte más enigmática: “Se está casando la bruja”. Leo que la imitación más concreta de esta, “Se está casando el diablo”, se ve en toda Latinoamérica. Iba a decir que la expresión de mayor delicadeza sería la colombiana, por lo de los viejitos, pero me acabo de enterar de que se usa igualmente en sectores de México y Centroamérica, a la par de “Está pariendo una venada”. ¿De qué hablo? Pues del “sol de lluvia”, o de la “lluvia con sol”, que algunos españoles llamaban el “sol de los gitanos”. Iba a escribir que a lo mejor debía de ser cosa que dejó por aquí España, pero ahora veo que en Japón le dicen “boda de zorros” a igual suceso del cielo.
“Cuando llueve con sol se casa una vieja”, muy extendido en el Cono Sur; “Está peleando el diablo con la Sayona”, de Venezuela, entiendo que en referencia a la Llorona, doña que nadie olvida, sobre todo de madrugada; y, acaso el más literario de todos, en inglés del sur gringo: “El diablo le está pegando a su mujer”. ¿En qué momento se pasó de lo sublime y vital, la boda de dos ancianos, que en el Caribe colombiano se manifiesta con ternura burlona, a la violenta narración del demonio haciendo lo que mejor sabe hacer, el mal? Está bien que en climas húmedos eso de no terminar de llover, mientras sigue habiendo sol ardiente, puede ser causal de desespero para ciertas pieles y humores sensibles, pero que los sureños del norte no exageren: a disfrutar de los arcoíris salientes.
Parece que en partes de Francia comparten la variante anterior de la descripción folclórica del fenómeno: “El diablo le está pegando a su mujer con una escoba”; que en Cuba el asunto trascendió al ámbito de la genética de las brujas: “Se está casando la hija del diablo”; y que en algunas zonas de América descubrieron por su cuenta lo que afamados y sesudos especialistas europeos, al inicio de la Edad Moderna, pusieron por escrito: “Se está casando el diablo con una bruja”. “Boda de los chacales”, se le llamó en Sudáfrica; “La mujer del diablo está pariendo”, parecida a aquella mexicana de la venada, se usó en la República Dominicana, y, por vecindad, en Cuba y Puerto Rico; y así seguiríamos. Siempre el patrón: la maldad de la tormenta templada por la luz bienhechora del sol.
Que en el nuevo continente se haya mentado harto al diablo y sus consortes o ayudantas para indicar una rareza del clima no tiene nada de excesivo; apenas muestra que acá la medida de la naturaleza nunca dejó de ser la Biblia, algo cuya traza es notoria también en pueblos lejanos. Pero que en Colombia se haya preferido la imagen de los dos abuelos casaderos, como hicieron en ese mediodía de México que ya no es Norteamérica, y más al sur, apartándonos así de la predominancia de aquelarre habida en las Antillas, hace pensar que quizás la mención de diablos, brujas y lloronas era escasa causa de chanza o ligereza por estos lados. Puede que fuera la reticencia a vocear nombres de seres impuros lo que llevó a que los antiguos, temerosos de blasfemar, se quedaran con el habla eufémica, y con eso distrajeran la mente de las asechanzas soñadas, o reales, de la noche cerrada.