Siempre me pareció que el estupendo libro del profesor Frederick Schauer (1946-2024) titulado Thinking Like a Lawyer, de 2009, era también muy aburrido: el razonamiento jurídico para este autor se limitaba a ejercer el pensamiento dentro de límites formalistas, conservadores, validadores de la autoridad antes que de la justicia, aquel ideal del que el derecho se olvida a veces.
¿Qué sentido tenía creer en la existencia de una forma diferente de pensar, la de los abogados, si en realidad aquello no era más que obedecimiento barnizado de academicismo?, alcancé a rumiar en silencio. Además, comparé dicho complejo concepto de la racionalidad jurídica con los habidos al respecto en otros ámbitos de la abogacía, tal vez menos conocidos, pero puede que más reveladores.
En efecto, los métodos del derecho internacional privado, o conflicto de leyes, a fe que ofrecen una respuesta distinta en lo que concierne al razonamiento que deben ejecutar quienes lo ejercen. En particular, así lo hace el llamado método conflictual, que pretende que resolvamos desde los derechos internos de los países cuestiones que les ocurren, o líos en que se meten, sus nacionales por fuera de las fronteras. Desde que hace un par de siglos, otro Federico (este, Savigny) propusiera dicho método, existe en el mundo una forma de discurrir que permite considerar a los iusprivatistas internacionales como unos verdaderos cazadores de verdades del derecho desde la abstracción de diferentes sistemas jurídicos. Tarea para abogados de cabezas flexibles, y, a la vez, de gran lucidez.
Me acordé de este debate interior el otro día, cuando escuchaba al exultante candidato presidencial Abelardo de la Espriella. (Mientras escribo esta columna me entero de que el presidente estadounidense Donald Trump apoya de manera cerrada al Tigre para lo que viene). Ese día, previo a la primera vuelta electoral, De la Espriella recordó al general Charles de Gaulle, patriota francés que rehusó rendirse ante la tiranía hitleriana con una fe conmovedora, durante la Segunda Guerra Mundial, mientras otros militares cedían sin pelear. El candidato recordó la palabra que el De Gaulle presidente usaba para definir su trabajo: “presciencia”; es decir, conocer con anticipación cómo y cuándo van a suceder las cosas. No era pensamiento mágico: el general leía al presente y lo sabía.
Desconozco, por supuesto, si Abelardo puede interpretar la realidad igual que el líder de la resistencia francesa, o si tiene facultades de adivinación. Ojalá lo acompañe al menos una de esas cualidades de aquí al 21. Lo que sí es seguro es que entiende cómo funciona la psicología del hombre llamado a liderar en medio de los apremios: no se puede dar el lujo de no tener todas las respuestas. Así como el abogado internacional privatista tiene que bailar con dos o más parejas (los ordenamientos jurídicos en choque), y hacerlo bien mientras satisface a todas, el verdadero jefe de Estado debe poder equilibrar las fuerzas en tensión de una sociedad, a fin de que no se rompa esa bendita cuerda tensa. En otras palabras, tiene que ser capaz de adentrarse en la oscuridad de los hechos, evaluarlos, prever consecuencias, y todo para razonar cara a la historia: ver lo que nadie ve.