A diez días

Columnas de Opinión
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A propósito del 31 de mayo próximo, se agudiza en el aire la percepción de fortalecimiento de la candidatura de Abelardo de la Espriella, en relación con la de Paloma Valencia, y, digámoslo de una vez, también en lo que tiene que ver con la del “indebatible” Iván Cepeda. Nadie puede saber con certeza lo que va a pasar en las trascendentales votaciones, desde luego, pero el hecho político es evidente a estas alturas: el Álvaro Uribe de 2002 es en 2026 el abogado monteriano, por encima del propio Uribe, que luce un poco extraviado de sí mismo últimamente. La prueba no está en las encuestas, que han empezado a favorecer al candidato caribeño, sino en los ataques de toda índole en su contra, que no cesan. ¿Habrá, acaso, un indicador de la realidad electoral mejor que ese?


Habida cuenta de las actuales circunstancias, es posible que la gente se haya cansado del “verso” electorero, que tanto ha servido históricamente a políticos de una y otra vereda en este pueblo para ganar en las urnas; y, en ese sentido, puede que a Colombia haya llegado para quedarse la manera performativa de hacer política de alto nivel: considerar como los mejores para gobernar a los que dicen mientras hacen. Nada de la “paja” de siempre, nada de promesas fantasiosas que faltan al respeto de las gentes crédulas, no más de esa depresiva actitud ante la vida que esconde desorden, improvisación, derrotismo, desconocimiento profundo de la cuestión técnica y amargura porque a otros les ha ido mejor. La gente, hay que decirlo, está harta de solo sobrevivir; la gente quiere vivir.

No tengo la seguridad de que De la Espriella represente el “giro del contrabandista” ante el pasado reciente de mal manejo de la cosa pública; certeza que, por lo demás, creo que pocos tienen hoy. Se trata de alguien inexperto en asuntos de Estado, que nunca ha ordenado el gasto de una entidad pública, que no ha vivido del Congreso de la República, que “ni siquiera” ha sido juez o magistrado, que no es economista de formación, que nunca ha estado en un concejo municipal haciendo debates insulsos… Sin embargo, el candidato, que habla sin dar tanta vuelta, llega al votante porque parece olvidado de aquella enfermiza necesidad, apenas retórica y ceremoniosa, de caer bien. “¡Costeño tenía que ser!”, rumiaban los previsibles personajes de televisión de un huesazo de hace mil años.

En verdad, no se lo puede descartar por carecer de experiencia en gobierno, o ya por no provenir del ochenta y cuatro por ciento poblacional del país no caribeño (como algunos frustrados de la montaña lo dejan ver en su vómito de odio baboso hacia “la costa”). Es más bien al contrario: debería tenérselo en cuenta por no ostentar experiencia en gobierno, o sea, por no haber sido un manzanillo, caviar, charlatán o columnista a sueldo más, de tantos que da la fauna local. En cuanto a ser costeño, cabría recordar en los hogares colombianos que los “petristas” de 1863 por poco no acabaron con lo que quedaba de esta nación, y que por suerte vino un cartagenero cosmopolita a liderar el orden racional en 1886, para que dejaran de matarse en la comarca por temas que los contendientes ni siquiera terminaban de entender. En diez días sabremos si ciento cuarenta años han servido de algo.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM