Numerología mundialista

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El próximo 31 de mayo se cumplirán cincuenta y seis años desde el primer partido inaugural de un Mundial de fútbol en césped mexicano, en el gigante Estadio Azteca. En ese domingo de 1970, el local se midió a la Unión Soviética para ofrecer un marcador sin goles. (Tras el pitazo final, se daría el peor terremoto en la historia del Perú). La siguiente vez en que hubo un primer careo mundialista en México fue en 1986, también en el Azteca, en otro 31 de mayo, cuando la campeona defensora del título anterior, Italia, apenas empató a un gol contra Bulgaria. La escuadra eslava contó ese día en el arco con el legendario Borislav Mihaylov, que luego llevó a su equipo al cuarto lugar, en USA 94 (luego de eliminar a Alemania, campeón vigente), y que acaba de fallecer, el 31 de marzo pasado.


El 11 de junio de 2026, por primera ocasión, tendrá lugar la tercera vez en que el mismo país inaugure una Copa Mundial de Fútbol de la FIFA. El honor se lo llevará por duplicado México: el invencible Estadio Azteca esta vez abrirá el número uno de los ciento cuatro juegos que habrá, entre los cuarenta y ocho competidores, con el que se desarrolle entre el equipo nacional y la representación de Sudáfrica. Dueños de un doblete de Mundiales acogidos quedarán, en la noche del 19 de julio, cuatro países: Italia (1934 y 1990), Francia  (1938 y 1998), Brasil (1950 y 2014) y los Estados Unidos (1994 y 2026). En cuatro años, cuando se cumpla un siglo (¿un ciclo?) desde el primer Mundial, tres países se sumarán al club de los dos torneos: Uruguay (1930), Argentina (1978) y España (1982).

La pelota de fútbol estándar, ícono publicitario conocido desde aquel campeonato mexicano de 1970, el cuarto y último de Pelé, se llamó Telstar y estuvo inspirada en un satélite de comunicaciones que años antes se lanzó al espacio. Es admirable que haya terminado por conocerse menos el diseño de la esfera espacial que el de la terrestre. Quizás fuera así porque el armado de este balón disimula cierto desafío de armonía geométrica. El número cinco original estaba formado por doce pentágonos negros y veinte hexágonos blancos (que aseguran la prevalencia de este color al girar, algo muy útil en el verde); treinta y dos polígonos regulares que, en su compleja interacción, hacen ciento ochenta lados, cada uno de cuatro centímetros y medio. Unas pecas en lienzo albo que no son aleatorias.

El magnetismo del fútbol no se pone en duda por casi nadie en el globo. En Colombia, menos, especialmente cuando la selección de amarillo está presente, algo que este año le permitirá acumular su séptima participación en veintitrés mundiales, durante noventa y seis años interrumpidos (en 1942 y aún 1946, la Segunda Guerra era lo “mundial”). Serán los días para que los colombianos prueben que pueden ir más allá de su inconsistencia histórica, y, así, jugar bien no solo un partidito. Mientras esperamos, a lo mejor se verá como ganadora a Francia o a España, o quizás el ahora italiano Brasil logre meterse en la pelea. La última vencedora, Argentina, llega con su juego un poco cansado, y Alemania parece vivir de fantasmas del futuro. Algunos, por otra parte, han dado como candidatos a los Países Bajos, finalistas de 1974 y 1978, pero estos amigos suelen decolorarse con la presión.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM

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