Devaluación democrática

Columnas de Opinión
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A inicios de esta semana nos encontramos con la noticia: según una dependencia especializada de la publicación británica The Economist, Colombia ya no es ni siquiera una “democracia imperfecta” (la versión barata, meramente formal, de una verdadera democracia liberal), sino apenas un “régimen híbrido”, en el que, si bien todavía hay elecciones, a ellas se ha equiparado el autoritarismo, al punto de amenazar con consolidarse en una suerte de poder de facto. En otras palabras, el país es inferior institucionalmente hoy por hoy, cuando la ley impera menos que incluso en otros momentos de su historia. No es una impresión ciudadana, ni una conjetura de la oposición; es ahora una realidad muy peligrosa, verificada por expertos ajenos, que ubica a Colombia en los peores escenarios del pasado.

En este contexto se presenta el numerito de Iván Cepeda, candidato público de Gustavo Petro, quien pretende asistir a debates en los que no se le pregunte de nada relacionado con la pésima gestión del actual Gobierno, como si él tuviera el poder de definir eso. ¿Será posible que Cepeda en verdad crea que el “régimen híbrido” declarado académicamente vaya a constituirse en una situación estable en este país (uno tan experimentado en crisis), y que por eso mismo a él le es dado reducir al mínimo la deliberación del electorado con miras a las votaciones del 31 de mayo? Si es así, ello no parece ser una visión muy realista de Colombia en su conjunto; ciertamente, tal parece más una percepción sesgada, parcial, que desconoce (o subestima) los elementos fundantes de la nacionalidad.

Hace cuatro años, en estas mismas páginas, me quejaba de la calidad de los debates presidenciales, dadas su escasa confrontación programática e inmediatez intelectual, aspectos que necesariamente habrían de repercutir en la idoneidad y capacidad del líder que finalmente fuera elegido, a partir de ese proceso, para armar el Gobierno. Baste mirar los resultados del último cuatrienio para comprobar que la visión ciudadana que iba en el mismo sentido no se equivocó. De hecho, puede ser que el declive del liderazgo político colombiano, que, si bien pudo haber empezado desde hace décadas (pues antes de 2022 no vivíamos en ningún paraíso), tocara fondo en ese año de salida de la empobrecedora pandemia de Covid, merced a las circunstancias extraordinarias habidas entonces.

Pero ya no estamos en 2022. Donald Trump ha vuelto en los Estados Unidos, Latinoamérica está despertando por fin de su letargo populista y, dentro de ella, Venezuela no es ya la misma, a pesar de la lentitud del cambio en ese país. Sobre todo, ha quedado en evidencia en Colombia que la izquierda no solo no sabe gobernar para todos, sino que, además, pretende anquilosarse en el poder cuando llega, al precio que sea. Nada nuevo, siempre se dijo eso por parte de un sector político determinado y por eso la comprobación mencionada no ha sorprendido a sus integrantes. Ahora la esperanza de reconstitución democrática va de la mano del cambio de Gobierno, en mayo o en junio, muy seguramente sin debates y sin contrastación alguna a nivel masivo de las habilidades oratorias de los candidatos. Una razón adicional para madrugar en esas dos jornadas, y salir a votar con ardor.
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM

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