El bien, el mal

Columnas de Opinión
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Es de suponer que, cuando lo concibió, el autor de este verso vallenato no se encontraba inspirado por la música de Giuseppe Verdi o por las palabras de su libretista Piave: “Que me amas, que eres mía y que me sueñas, pero al poco tiempo cambias”. Y, sin embargo, debe admitirse que entre esas letras y las de la enérgica ópera que empieza con “La donna è mobile, qual piuma al vento”, existen no solo casi un siglo y medio de diferencia, y casi dos océanos de distancia, sino, a pesar de todo, un motivo central recurrente en el arte occidental, o que ha recibido influencia del Oeste. Ahora bien, si las afirmaciones que sobre la volubilidad de las mujeres hacen uno y otro artista son ciertas o no, vaya usted a saber; lo importante es lo de fondo: la vigencia universal de su imperativo categórico.

Ciertamente, tampoco hablaré de Kant, a quien conozco sobre todo de oídas, y al que unos filósofos desde hace años están sometiendo, como a varios pensadores clásicos y modernos europeos, a cierta revisión de lenguaje, que empezó con criticar su escritura y que va en el cuestionamiento de la veracidad de la misma.

Sea como fuere, cuando me refería al imperativo categórico kantiano no lo hacía como vinculación de ese concepto al de derecho natural, y, por esa vía, al de los derechos humanos. No. Pero sí a la certeza de que pueden conectarse las bondades que hacen a los hombres cantar, ya con melancolía, ya con resignación, al objeto de su candor; en efecto, esa aria italiana continúa así: “¡Sin embargo, nunca se siente plenamente feliz quien de aquel pecho no mama amor!”.

Pues el bien no es la simple negación del mal, sino el proceso de llenado que deja su vacío. De ahí que aquel método de descarte kantiano para separar al mal del bien siga en vigor hoy: en Kant, básicamente, el mal es fruto de no pensar o de hacerlo defectuosamente. Y de ahí, también, que la historia abunde en ejemplos de casos en los que a la nada se la combatió como se combate al demonio: veo a los españoles de la Colonia en México construyendo iglesias encima de los lugares donde antes hubo adoración a deidades naturales. (Si a los nativos les era de provecho rezar a los cielos, pues que siguieran dándose a ello, pero ahora nomás a una sola divinidad; porque el origen de la vileza no estaba en el rezo, sino en ya no tener que hacerlo. El bien como hijo de la disciplina).

En Cartagena está el Convento de la Popa, que varios nombre tiene. Allí, a ciento cincuenta metros de altura desde el mar, y a cuatro siglos de separación histórica, se percibe lo inevitable. Esta fortaleza religiosa fue construida en un cerro al que creyeron selva, a pesar del miedo que la probada invocación del mal, habida en su falda, producía entre los colonizadores. La ironía radica en que, no bien estuvo terminada la obra, sobresaliera de su parte trasera un abismo tan vertiginoso que la gente dio en llamarlo con el nombre que fue prohibido, aunque menos por superstición que por rigor: allí renunciaban a la vida colonial los que antes habían perdido su norte de bondad, quizás al nacer, antes de embarcarse o de ser embarcados en navíos por antepasados; quizás en la extranjería.

He ahí el opuesto de la armonía musical, que entra y vive: la justicia categórica se extravía en el vacío.
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM