Hace un par de semanas falleció en Lima, su ciudad natal, el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, de prosa densa y quizás ajena a los intereses del lector más político. De cualquier manera, Bryce conservó una parcela de público hispanoamericano hasta el final, incluso después de que su frío e indiferente carácter plagiario fuera de sobra evidenciado, al menos veinte años atrás. No me refiero a sus obras literarias, que no se denunciaron, sino a sus artículos de opinión, que eran de habitual publicación en importantes diarios del Perú. Bryce se excusó en su momento diciendo que su secretaria había enviado los artículos por él, mediando el fraude y sin consultarle, lo que con el tiempo se hizo algo así como risible, pues nunca se lo vio avergonzado y nunca tuvo secretaria.
Por casualidad, he leído hace poco en El Mundo, de Madrid, una sugestiva columna que a lo mejor al limeño Alfredo Bryce Echenique le habría gustado teclear: “¿Para qué sirven los novelistas intelectuales?”, pero que en verdad es del español Bécquer Seguín, que ha estudiado estos temas. En resumen, Seguín plantea no creerles demasiado a aquellos que pretenden que el ciudadano solo analice en la imprenta aquello de lo que es experto certificado, tendencia creciente en diarios del primer mundo, puesto que el periodismo de opinión no es necesario ejercicio de academicismo. O no debería serlo. Como supongo que al finado Bryce le habría pasado, a un servidor igualmente le seduce la idea de que usted se empape de cualquier asunto, se haga un parecer y lo exponga.
¿Democracia, libertad? Sí, puede ser; pero, ante todo, sentido común. El día en que a una persona se le impida calladamente elaborar y publicar una tesis periodística sobre asuntos complejos, por más equivocada que tal esté, tampoco sería legítimo aceptar que el mundo académico lidere los procesos educativos. Porque, si solo deben leerse columnas técnicas de los que construyen profesionalmente conocimientos de economía, o de medicina, ¿cuál sería la calidad real de esa comprensión especializada, que prescinde con soberbia de la expresión del objeto de análisis? Al final, Bryce Echenique pudo haber tenido un poco de razón sorda con sus pilatunas copionas, ahora bien celebradas: de qué sirve escribir cuestiones de provecho si nadie las lee. Y, con la misma lógica: de qué serviría descubrir la ciencia de la existencia si no fuera para hacer pensar a todos en ella.
Columna: Toma de Posiciones
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