Gavilán o Paloma

Columnas de Opinión
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No debe de ser difícil imaginar la incomodidad de Abelardo De la Espriella frente al viraje político en consolidación que representa Paloma Valencia. Después de superar dos selecciones internas distintas, en una suerte de primarias, que han sido necesarias en la Colombia de cien precandidatos presidenciales (le faltaría una, la del 31 de mayo, para ser la carta definitiva de la derecha uribista), Valencia se presenta como la abanderada del conservadurismo moderado, viable, digerible, con más posibilidades reales de lograr el triunfo electoral definitivo en junio. Ahora bien, termina siendo irónico que, justamente por lo mismo, tampoco le resulte muy manejable la nieta del expresidente a Iván Cepeda, quien, lo puede usted jurar, prefiere a De la Espriella como rival en la recta final.

Así pues, solo el 31 de mayo se sabría con certeza quién se las verá con el petrismo continuista: si lo hará una fuerza electoral que va al choque, perfectamente válida en un escenario pugnaz como el propuesto por el Gobierno en el cuatrienio que termina, o si será la opción política más astuta la encargada de acabar con la aventura desventurada de la izquierda. Hace una semana dije aquí que el centro colombiano no existe, prueba de lo cual es la notoriedad de que los Roy Barreras, Claudia López, Sergio Fajardo, etc., no cuentan con el apoyo en las urnas que se necesita para ganar en estas elecciones. No obstante, parece que debo matizar mi análisis: la figura emergente de Juan Daniel Oviedo muestra que el centro sí puede existir, si lo encarna la persona considerada correcta.

Mientras escribo estas líneas, no es claro aún si Valencia y Oviedo podrán llegar a un acuerdo que garantice la factibilidad de una alianza para el acompañamiento vicepresidencial de parte del economista que, a su vez, reconfigure al uribismo en una opción de centroderecha ganadora a mediados de junio. La votación del domingo demuestra que esa sería una forma eficiente de sacar al petrismo del poder: robarle votos, no confrontarlo ferozmente. Por lo demás, aunque la unión de esos dos buenos líderes no llegue a pasar, podría darse en lo sucesivo un peligroso cisma en el movimiento espiritual del expresidente Álvaro Uribe: hasta el 31 de mayo habría uribistas de Valencia y los habría de De la Espriella. Y sería entonces cuando Cepeda podría ganar en primera vuelta.

Hay que evitar a toda costa que eso suceda. El tiempo que queda para el primer conteo presidencial debe servir al electorado antipetrista, que es mayoritario en el país, y que no está limitado al uribismo, para encontrarse en la humanidad de uno de los dos candidatos con que se cuenta. ¿Cuál de ellos será superior convocando, sumando, amistando a los que no eran amigos, argumentando fino para ganarse el voto, siempre sin maltratar al otro? No es una disyuntiva fácil para el elector, pues ambos aspirantes personifican partes del total del rechazo al actual Gobierno y a los socios de Cepeda: mientras el uno recoge y expone enérgicamente la indignación que mucha gente de verdad siente (malestar general aprovechable), la otra propone más que ataca, pues ya hizo el cursus honorum de rigor y ha aprendido que el tono conciliador le sale bien. Ambos son capaces. Que gane el mejor.
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM