Antes de morir, en 1999, lo refirió muchas veces, incluso en un libro que se vio forzado a publicar sobre su mejor libro: Mario Puzo no quería poner su ingenio al servicio de la creación de la novela El Padrino, allá por los años sesenta del siglo pasado, cuando su trabajo como escritor no le daba lo suficiente para vivir sin deudas, poder mantener a sus varios hijos, tener la existencia desahogada que creía merecer.
Puzo empezó, pues, a escribir su libro basado en sus recuerdos de apostador con débitos, de niño matoneado por otros italianos, de italiano él mismo, descendiente de inmigrantes nuevos; pero, sobre todo, fundó el motivo central de la saga que decidió contar en las múltiples historias y chismes que se murmuraban en los bajos fondos neoyorquinos, cosas que mucha gente sabía pero que nadie decía en voz alta, y menos se atrevía a organizar mediante el fino arte de la ficción. Es justo decir que dicha organización de eventos dispersos, cuya veracidad persiste en vilo, se aquilató en la prosa de Puzo a través de una investigación de biblioteca, que le quedó tan bien al autor que otros escritores jamás le creyeron que él no hubiera sido un mafioso retirado que entendía de qué hablaba.
Los mafiosi de Nueva York, que tenían claro que Mario Puzo no era del tipo duro que sabía hacer lo de ellos, extrañamente se dieron a odiar su profundidad literaria, al punto de llegar a llamarlo “traidor”, como si antes hubiera sido uno del grupo, como si él les debiera algo por la compartida sonoridad latina de su nombre. ¿Cómo les explicaba Mario que él no era un gánster con pensión, ni frustrado, sino un literato de carrera, más cerca del espagueti que de la pólvora? Después del libro y su primer filme, en 1972, a Puzo, que simplemente había imaginado gran parte de los códigos de conducta de esos delincuentes de gomina y trajes de seda, los genuinos capos del crimen organizado le profesarían su admiración, con lo que terminaron por dotarlo de material para seguir publicando.
El libro El Padrino demostró que no es cierto que siempre deba historiarse con honestidad existencial para relatar lo vívido detrás de lo aparente; al parecer, a veces basta con tener adeudos que fuercen la creatividad. Tampoco le fue muy bien con esa obra a la vieja idea de que solo se deben trabajar materias que se conocen al detalle; puede que lo mejor sea lo contrario: no percibir sino los contornos del asunto para poder penetrarlos con el bisturí de la curiosidad. Al final, la tesis de que la energía mental y espiritual para fabular apasionadamente únicamente viene de querer escribir acerca de algo, además de estar familiarizado con ello, se cae al comprobar que el recurso energético también puede provenir de una mezcla de la elemental necesidad de sobrevivir unida a la visión inquisitiva sobre ciertas puertas inicialmente cerradas. Algún rastro hay de esa intuición en los Corleone.
Columna: Toma de Posiciones
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