La identidad desechable

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger
Por supuesto, nunca había perdido el tiempo escuchando conscientemente la música de Bad Bunny, ni por curiosidad siquiera, pues creo firmemente que lo bruto se pega. A lo sumo, he bromeado en privado imitando con escasa gracia los famosos balbuceos y silabeos del cantante puertorriqueño, sin ninguna necesidad de desconfigurarlos con la voz para suenen a un problema de salud, Dios me libre. No obstante, admito que la bulla del domingo pasado, generada por su aparición en el Supertazón, terminó siendo una de esas cosas que te fuerzan a tener que ilustrarte acerca de asuntos como las tan excelsas letras de sus ¿canciones?, ¿proclamas?, ¿letanías de carnaval? En mi caso, ha sido difícil, ya que, a pesar de estudiarlas desde entonces, todavía no puedo descifrarlas. 


Ahora bien, tampoco mentiré diciendo que vi el espectáculo de atletas gringos que acabó por subordinarse a la presentación usual de su entretiempo, en 2026 a cargo de este ¿cantante?, ¿activista?, ¿humorista?, porque tengo clara mi preferencia por el fútbol profesional colombiano antes que por ese deporte del que aún no sé por qué es llamado “fútbol americano”, en lugar de “rugby americano”. De manera que en la vespertina dominguera anduve disfrutando del exquisito empate a ceros entre el Cali y Millonarios, sin que me importara muy poco que millones de personas en el planeta estuvieran entreteniéndose con la golpiza cerebral que unos muchachos se dan para deleite de un público efervescente, que a lo mejor no comprende del todo lo que pasa en el campo. 

Con honestidad, lo que no apoyo de este personaje Bad Bunny es que pretenda ser un defensor gratuito de la supuesta “identidad-latino” en un país, los Estados Unidos, en el que, según una importante encuesta de antes del juego, a más de la mitad de los aficionados al fútbol americano les daba exactamente lo mismo el que cantara en el medio tiempo. Creo que a los yanquis del estadio de Santa Clara les siguió dando igual quién gimoteaba mientras se comían unos burritos saturados de guacamole, maridados con una Modelo Especial, sobre todo cuando “al tipo no se le entiende nada de lo que dice”, como resumió el presidente Donald Trump el dizque triunfo idiosincrático de este patriota de pacotilla. La real dignidad latinoamericana no reside en los oportunistas Bad Bunnies.

Está bien: un músico mediocre con éxito masivo no es nada del otro mundo, teniendo en cuenta a los nuevos públicos. Pero ¿y qué pasa cuando por fin se entienden las canciones de Bad Bunny, más allá de sus ruidos vocales? Lo que sucede en esos momentos es que se confirma un duro prejuicio habido en sectores determinados de, digamos, los Estados Unidos y Europa: los latinos no tenemos un proyecto de vida muy claro, vivimos apenas al día, y por eso los hombres de esta parte del globo aspirarían a ser narcotraficantes (no solo los colombianos), y las mujeres estarían presuntamente felices siendo unos adquiribles objetos sexuales. Esas son las consecuencias inmediatas de glorificar a un falso abanderado a sueldo: agudizar, en aquellos países y también aquí, una percepción de autodestrucción con algunas lamentables bases reales, aunque jamás definitiva.

 
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM