¿Qué tanto celebran en el Gobierno? ¿Acaso que hubieran tocado a la puerta de la Casa Blanca, preocupados después del 3 de enero caraqueño, y les hayan abierto? No pasó nada más. Donald Trump no es “impredecible”, como a veces quieren reducirlo, ni está interesado en incendiar este vecindario que vive a una chispa de un estallido peor que el anterior; mucho menos está pendiente de las palabras de alguien irrelevante en política internacional, como el actual presidente de Colombia. Paralelamente, las metas de los yanquis en Venezuela se han cumplido de momento (calculan dos años con la obediente Delcy en el poder), y todo indica que ahora van lateralmente por Cuba, eje de la tembleque trinca comunista en Latinoamérica, junto a los venezolanos y Nicaragua.
Por lo demás, pueden pensar en Washington, en solo seis meses se acaba el mandato de Gustavo Petro y no vale la pena darle motivos para su victimización acostumbrada: quizás a la larga resulte mejor engatusarlo con un estrechón de manos, una foto, un autógrafo... El objetivo a corto plazo, esto es, que Petro retrocediera luego de hablar más de la cuenta, ya estaba conseguido desde los días posteriores al bombardeo de Caracas. Así, a partir del hecho político envuelto en esa sumisión tácita, cuando se dieron cuenta en Nariño de que los gringos iban en serio, la candidatura continuista sufrió el descrédito propio de las consignas devaluadas, incluso dentro de sus propios acólitos, al haber chocado con la realidad y abaratarse. ¿Para qué combatir, dirá Trump, al que se marca solo?
Ahora bien, lo del martes pasado en la Casa Blanca no es un salvoconducto. Es, muy por el contrario, el acuerdo escrito por una de las partes, que espera a que la otra simplemente se adhiera. ¿Negociación?: ¿cuál? De hecho, si se atiende a los inmediatos antecedentes de Trump, no sería especulación anticipar que, en caso de que el actual Gobierno de Colombia se salga de la ruta trazada, a través de, por ejemplo, la no colaboración en la guerra contra el narcotráfico, el estorbo en la consolidación del nuevo poder en Venezuela, o ya el desarrollo de una injerencia considerada como indebida en las elecciones presidenciales venideras, que tales acciones sean etiquetadas con el sambenito de dealbreaker. Entonces, claro, de vuelta al inicio y en peores circunstancias.
De modo que no, no hubo ninguna victoria de Petro en los Estados Unidos, ni hay nada para celebrar, ni siquiera entre las huestes petristas. El presidente de la República fue simplemente a rendir informe, a ponerse “a sus órdenes”, a ver si no lo siguen ninguneando allá en lo personal. En lo institucional, que es lo único que importa, el país no ganó nada tampoco; paró en algo la caída libre, que es distinto. Antes, al menos, los presidentes colombianos, si bien mendicantes de recursos económicos, no tenían que ir a Washington a rogar por perdón para evitar una invasión militar, como ha ocurrido en Venezuela. Lamentablemente, la reputación colombiana (la confianza en el país) ha cargado con el desprestigio personal que eligió hace cuatro años, y frente a eso no hay nada más que hacer sino tener paciencia. La paciencia que, fuckin’ hell!, no tiene para nada Donald Trump.
Columna: Toma de Posiciones
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