El director

Columnas de Opinión
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¿Por qué es bastante frecuente que aquellos que, como jugadores de fútbol, fueron grandes, ya no lo sean tanto cuando les toca estar en el banquillo de un equipo; y que, por el contrario, exjugadores más bien medianos se desempeñen como técnicos mucho mejor que los primeros? La respuesta parece residir en alguna de las coyunturas de la vieja teoría de las inteligencias múltiples, según la cual todos servimos para algo, por defecto, pero casi nunca somos buenos para varias cosas a la vez, al menos no en el mismo nivel de rendimiento. De esa forma se explicaría que, en el caso del balompié, excelsos malabaristas con la pelota como Diego Maradona, o expertos en la medición de las distancias en el campo de juego, como Carlos Valderrama, no resultaran buenos entrenadores.


Abundan los ejemplos de otras estrellas que, a pesar de haberlo intentado, nunca llegaron a destacarse como organizadores de una escuadra, tomadores de decisiones amargas, solucionadores de problemas cotidianos, líderes más comportamentales que vociferantes. Quizás una vez en la posición de directores técnicos, se dieron cuenta de que les era más fácil la brega en la cancha que la batalla de fuera de ella. Ahora bien, en justicia hay que decir que también hubo otros que, a lo mejor conociendo sus límites, ni siquiera se dieron un chance en las acciones de dirección de la vida futbolística; en esa lista, también sorprendente, caben Pelé, Ronaldinho, Ronaldo (el Fenómeno, al que ni como dirigente parece irle bien), Gabriel Batistuta, José Luis Chilavert, etc.

Desde luego, existen los que sí triunfaron en ambas orillas. Recuerdo al letal goleador en América y Europa Carlos Bianchi, al estupendo manejador de tiempos Josep Guardiola, al dueño de la posición de volante cinco Franz Beckenbauer, al indefinible e inasible Johan Cruyff, y hasta el ya menos estelar Diego Simeone. De este listado arbitrario noto que, si sigo escribiéndolo, predominarían en él nombres de exjugadores defensivos, respecto de aquellos que se dedicaron al ataque. Con ello, daría la razón sin querer a quienes han dicho que los mejores técnicos son los que han aplicado estrategias defensivas en su juventud, porque para valerse de tales se requiere conocer de orden, en desmedro de los ofensivos, para los que la inspiración momentánea sería más importante.

¿Estará allí envuelta la explicación de fondo, a partir de la que se hizo común afirmar con ligereza que los que fueron jugadores “mediocres” tienden a ser mejores técnicos que los una vez futbolistas “brillantes”? Entiéndase como “mediocres” a los defensivos, y como “brillantes” a los ofensivos. Hecha esta salvedad, debe recordarse que para tener visión total de juego (es decir, entender cómo debe moverse cada uno de los atletas), para saber manejar la no pocas veces difícil convivencia en el vestuario (o fuera de él), para enfrentar como en cuartel la presión que viene de afición, prensa y directivos, y, en general, para ocuparse de cuestiones que nada tienen que ver con las candilejas del gol, se requiere de cierta personalidad grisácea que se acomoda bien con las labores de limpieza y cuidado; las que, a su vez, suelen ser peor recompensadas porque no se ven, aunque estén ahí.

 
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM