Lo idiosincrático

Columnas de Opinión
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No sorprende para nada que, luego del notable esfuerzo militar y político realizado por los Estados Unidos para liberar a Venezuela de la dictadura de Nicolás Maduro, el propio pueblo venezolano se manifestara parco ante la extracción del criminal efectuada. Después de todo, tal actitud resignada podría estar ya en su información genética, igual que en la de otras sociedades sojuzgadas largo tiempo: un régimen despótico, violador de la ley, violento y sanguinario, no pasa sin dejar profunda huella en la psiquis de las personas. En las calles de Caracas nadie quiere hablar de política a día de hoy, como si no fuera con ellos; por lo demás, solo vociferan su habitual basura algunos bocazas chavistas, según acostumbran a hacer los que huyen cuando un rojo-rojito reverbera en el cielo.


A propósito, ¿dónde andaban Diosdado Cabello y Vladimir Padrino en la madrugada del sábado pasado?, ¿y en qué recoveco se escondían los “motorizados” de la “robolución”? Solo hizo falta que los del norte se pusieran un poco serios con esos delincuentes para saber quién es quién. En este escenario, y ante el acto de fuerza unilateral de Estados Unidos, provocado por los múltiples abusos a sus inversionistas en Venezuela a lo largo de los años, y por el envenenamiento de su juventud con la droga, ahora los chavistas invocan descaradamente el mismo derecho internacional que ellos han violado impunemente mil veces, en contra de los Estados Unidos y de otros, incluida Colombia; es decir: para ellos, el derecho internacional es cuestión relativa, que a veces vale y a veces no.  

Pero sería un error esperar algo de hombría de bien del hampa, de la de allá o de la de acá, pues se trata de gentes enfermas, para usar las palabras del presidente Donald Trump. En realidad, lo de lamentar es ver el efecto de los más de cinco lustros de domesticación de una nación que, como la venezolana, vive con miedo o pereza de pelear, al punto de ni siquiera intentar provocar la salida del chavismo con marchas y protestas. A lo mejor les falta estudiar casos como el de otro Nicolás, el rumano Nicolae Ceaușescu, que, en diciembre de 1989, mientras los gringos andaban ocupados reventando los tímpanos del panameño Manuel Antonio Noriega, intentó dar un discurso ante unos congregados para apoyarlo, y en cosa de una semana terminó fusilado, en Navidad y por televisión.

Todo no lo puede hacer el decidido Trump. En Chile, por poner un ejemplo del caso contrario al venezolano, ya se libraron de la banda comunista que pretendía empobrecerlos y envilecerlos; y la gente trabajadora de aquel ambicioso país alargado, que recordó bien la bonanza que finalmente trajo consigo la era del general Augusto Pinochet, eligió rotundamente a un discípulo suyo, José Antonio Kast, como para, además, no dejar dudas de las diferencias idiosincráticas entre ciertos pueblos. Ahora se lamentan en Venezuela, y los venezolanos de afuera, porque la situación parece ser la misma de siempre, con el chavismo en el poder; pero, entre la madrugada del sábado último y la mañana del lunes siguiente, a fe que tuvieron la oportunidad que habían estado esperando y no la aprovecharon. Y Colombia: “Cuando veas la barba de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.

 
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM