Cuando se analizan los informes que hoy llegan a juntas directivas en Colombia aparece un dato revelador: la fintech dejó de ser experimento y se convirtió en infraestructura económica. El Radar Fintech 2024 de Colombia Fintech identificó 394 empresas activas y un crecimiento anual cercano al 18 %, mientras Banca de las Oportunidades confirmó en 2025 que más del 92 % de los adultos colombianos ya tiene al menos un producto financiero digital. Nuestra región magdalenense hace parte de ese mapa real. Aquí la digitalización financiera impacta productividad, recaudo y formalización, pero también expone vacíos regulatorios que requieren liderazgo y comunicación clara, sin euforias ni silencios incómodos.
Para completar el contexto, vale recordar el origen. Estas startup emergieron tras la crisis financiera global de 2008, cuando la desconfianza en la banca tradicional aceleró soluciones digitales en pagos, crédito y transferencias. En Colombia, su llegada se consolidó entre 2015 y 2017, impulsada por mayor penetración móvil y regulación gradual. Desde entonces han mejorado inclusión y eficiencia, aunque enfrentan retos persistentes en regulación, ciberseguridad, escalabilidad y confianza del usuario.
Las cifras recientes exigen una lectura sobria. El BID, en su informe general sobre tecnofinanzas en América Latina 2024, reportó un crecimiento regional del 21 %, mientras los incidentes de fraude digital aumentaron 18 %. En Colombia, la Superintendencia Financiera alertó en 2025 sobre plataformas no vigiladas que captan recursos sin respaldo suficiente. Colombia Fintech lo sintetiza con precisión: “La innovación financiera solo es sostenible si la confianza del usuario es el eje”. Esa frase marca el límite entre crecimiento responsable y expansión desordenada.
La evidencia internacional muestra que regular bien no frena la innovación. Estudios de la OCDE publicados en 2025 señalan que los países con sandboxes regulatorios reducen riesgos y aceleran adopción responsable. Brasil y México avanzaron con decisión; Colombia tiene talento, mercado y capacidad técnica, pero necesita coordinación, presencia territorial y lenguaje claro. La vigilancia no puede ser críptica ni reactiva. Debe ser flexible, predecible y comunicada con precisión, especialmente en regiones donde la brecha de educación financiera sigue impactando reputación institucional y estabilidad empresarial.
Desde la comunicación corporativa, el desafío de las tecnologías financieras es estratégico. Las organizaciones que comunican beneficios, límites y responsabilidades construyen credibilidad. Cuando el discurso es triunfalista, el mercado desconfía; cuando es transparente, el sistema se fortalece. En territorios como Santa Marta, la conversación debe ser coherente entre sector público, privado y academia. Menos tecnicismos, más claridad. Menos promesas, más evidencia. La comunicación es el puente entre innovación y confianza, y hoy ese puente define competitividad regional.
Expertos del sector visualizan una fintech colombiana más especializada: credittech con analítica avanzada para pymes, greentech orientada a riesgos climáticos, y govtech para modernizar la relación Estado-ciudadano. Ese futuro se diseña desde hubs como Connect Bogotá, Innpulsa Colombia, BID Lab, universidades como Los Andes y centros de investigación de Asobancaria. El desafío es convertir crecimiento en competitividad sistémica. La innovación financiera ya decidió avanzar; ahora el país debe decidir cómo la ordena, la comunica y la gobierna con visión estratégica compartida.
Comunicador corporativo. Me encantan los viajes, el minimal techno, la cultura glocal, la tecnología inmersiva y los negocios inteligentes.
Columna: Palabras más, Palabras menos
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