La pensadora semiquincentenaria

Columnas de Opinión
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El 16 de diciembre se cumplieron doscientos cincuenta años desde el nacimiento de la genial Jane Austen, escritora inglesa precursora de la novela moderna, particularmente de aquella que tiene que ver con la participación de la mujer en la sociedad; ella se ocupó de la habida en su imperial país, prevalida de las arandelas de la época. Se ha dicho por algunos sectores feministas, no sin desagrado, que la buena de Jane lo único que logró fue tomar ideas prestadas de otras señoras muy inteligentes y “simplemente” desarrollarlas a través de la ficción. A pesar de esta y otras críticas, la opinión predominante sigue siendo que sus obras denotan un entendimiento superior, unas grandes perspicacia y sensibilidad, y, ante todo, sin lo cual nada de lo anterior sirve para nada: originalidad.


Quizás la acusación de que Austen fue una especie de “feminista atrasada” (por no decir que algunas la pueden considerar incluso “traidora anticipada”) viene de que es notorio que la literata inglesa de ninguna manera habría pretendido quemar el mundo en que vivía, sino apenas mejorarlo, al presentar a la mujer de su creación como un sujeto de derechos ampliamente merecedor de igualdad de condiciones con el hombre de su tiempo. ¡Hizo esto hace más de dos siglos! Supongo que tampoco debe de ser tolerable que la escritora, a sus veintipico de años, evidenciara comprender tan bien las cosas del mundo; por ejemplo, que el matrimonio condicionado por el dinero (no siempre matrimonio por conveniencia), si bien no debía ser una regla irrompible, era una opción respetable.

Como cada buen argumentador de fábulas, o de los otros, lo sabe de sobra, “el diablo está en lo matices”; es decir, si lo que se pretende es aplastar una de esas mentiras elaboradas y repetidas, llamadas falacias (ahora insisten con lo de “narrativas”), debe recurrirse a la sesuda exposición de los matices de la cuestión. En otras palabras, las peligrosas verdades rotundas se pueden derrotar con, entre otros recursos, análisis factual y propuestas realizables, nunca con fanatismo. A lo mejor la jovencísima Jane vio desde su nacimiento asuntos que no le gustaban, o que abiertamente le molestaban, pero no renunció a pensar en los tonos del problema, y, también para divertirse, decidió hacer algo al respecto: escribir sus novelas, firmadas inicialmente con la inscripción “Por una dama”.

El reposado humor con que la celebrada autora narró las peripecias de sus heroínas, nunca almidonado ni predecible, pero, especialmente, jamás rencoroso, corrobora una realidad personal que se percibe desde que se lee la primera página de cualquiera de sus “novelitas casamenteras”, como voces amargas las han calificado a veces. En este sentido, la claramente explicada profundidad de los planteamientos de Jane Austen, aun en medio de la inflexibilidad social del Imperio británico, es el reflejo de su coraje histórico, que, por supuesto, no era asunto de gritos o insultos sino de hechos valiosos para la humanidad. Los libros de los seres genuinos no son palabrería que se olvida, y menos se prestan para ser usados como armas políticas: son actos del pensamiento que trascienden los siglos, y que, en esa medida, ayudan a vivir a varias generaciones.

 
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM