A partir de los resultados de las encuestas publicadas, se agudiza la percepción relativa a que el petrismo podría reelegirse en 2026, mal que le pese a Colombia en su conjunto. No es ningún secreto para el colombiano promedio que este ha sido un Gobierno antitécnico, ideologizado, disperso, que, aparte de la poca o nula confianza que ha ofrecido su cabeza, no tiene resultados para mostrar: el país ha retrocedido en tres años y medio, como suele pasar bajo la dirección del neocomunismo en cualquier parte, y si se mantiene a flote es porque el pueblo les ha exigido a las instituciones actuar. Decía que se consolida la idea aquella de que, a pesar de todo, el petrismo, con un político estalinista como Iván Cepeda, podría llegar al poder presidencial nuevamente. No existe un buen panorama.
Es bastante obvio que el problema no es tanto la candidatura de izquierda como la ausencia de cohesión en torno a una candidatura eficaz desde la derecha. Esto ya pasó, en 1998 y años subsiguientes, en Venezuela, cuando Hugo Chávez no encontró un contrapeso fuerte y pudo hacer lo que le vino en gana con ese país que demostró ser pasivo y obsecuente. Al final, tuvo razón el teniente coronel Chávez en sus peroratas: Venezuela estaba podrida de corrupción; lo que sí no dijo fue que después él mismo se valió de ese fenómeno nada raro en estas latitudes e hizo igual que otros: compró conciencias, pero para quedarse indefinidamente en el poder. Solo la muerte, que parece haberlo tomado por sorpresa, impidió que lo tuviéramos todavía como vecino ruidoso.
La división de los mandamases de la derecha local no es nueva ni era algo que no se esperara; de hecho, es conocido que la campaña de desprestigio desplegada en contra del expresidente Álvaro Uribe tenía en parte el fin de acentuar dicha natural división, tomando en consideración que Uribe es el único que, para bien o para mal, aún logra aglutinar a los diferentes matices del espectro ideológico antiestatista, o anticolectivista, para definir con amplitud la orientación referida. Al ser Uribe el jefe de facto de la oposición al Gobierno, su decisión, como en 2018, sigue siendo determinante electoralmente: a quien designe candidato, le corresponderá saber liderar al resto de los que querían serlo, aunque ese grupo de relegados no comparta la unción finalmente unilateral. Una dura tarea.
Abelardo de la Espriella, que va punteando en la margen derecha, no es un tipo fácil de aceptar, no digamos ya para la generalidad colombiana, sino para sectores del propio establecimiento que aspira a representar. Es más que un detalle de forma: a él le pesarán la profesión, el estilo, la estética, pero sobre todo le cobrarán la diferencia cultural. Este último será asunto recurrente durante la campaña. Por lo pronto, diríase que a De la Espriella le vendría bien insistir en hablar “cachaco”, a ver si reelabora la unidad; no me refiero cambiar el acento, que nos identifica ante el mundo hispano, sino a hablar profundo de las preocupaciones de la gente en ciudades como Bogotá y Medellín. La política no se hace en un club náutico ni entre amigos: tiene lugar en la polvorienta calle, con el sudor, los gritos, los reclamos y los pedidos de los ciudadanos. Si va a ser el candidato, que lo sea en serio.
Columna: Toma de Posiciones
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