He visto After the Hunt, película estrenada hace poco en Colombia y protagonizada por Julia Roberts, en la que se da cuenta de que la virtud, aquello a lo que se llega a través del ejercicio constante del pensamiento humanizador, no parece ser una preocupación excesiva de un grupo de profesores y estudiantes de filosofía en una de las más antiguas, reconocidas y caras universidades gringas. En la historia, todos los protagonistas mienten, pero en serio: para cumplir el capricho de que los quieran, conseguir la atención sin la cual no pueden vivir, o ya obtener placer prohibido de forma impune. Además, comparten el hecho de ser, a partir de su espesa corrección política, unos intolerantes exquisitos, quizás porque su vacío solo halla sentido fugaz destruyendo vidas ajenas.
¿Suena familiar? En los Estados Unidos ya van de vuelta, en parte gracias al presidente Donald Trump, nuevo Libertador, mientras aquí el régimen de las mentiras políticas sin castigo, si bien puede que termine pronto, ha alcanzado a instalarse. A propósito de esto, veo que recientemente El Espectador ha presentado excusas a sus lectores, pues, según dice su director, “fallaron los filtros”, y terminaron publicando noticias falsas que “un practicante” se inventó con inteligencia artificial, a las que dotó de fuentes y demás, y con nombres propios. La macana es contada por el propio periódico, por eso del control de daños, supongo; en el curso de esa tarea de limpieza, anunciaron la desvinculación del periodista, que lo negó todo. ¿La gente seguirá creyendo en sus publicaciones?
Me bastó ver a Pedro Sánchez, ahora sin guayabera, ensalzando el libro de un biógrafo español de izquierdas sobre Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde, titulado simplemente Franco, para salir a comprarlo. Fue un convencimiento a la inversa: pensé que, si Sánchez aprobaba el texto, era porque se decía de todo en sus páginas. No salí defraudado. El 20 de noviembre pasado, pues, a medio siglo exacto de la muerte del Caudillo de España, anduve desternillándome con la novedad de que los republicanos no se robaron las elecciones generales de febrero de 1936; y que, por lo tanto, los nacionalistas se sublevaron en julio de ese año por mera afición a la pólvora y la muerte, y no porque un cómplice de comunistas se entronizara sin aún acabar el recuento de votos.
De ladrones de elecciones sabemos mucho acá en el trópico. Sabemos cómo hablan, cómo se ríen, los pretextos que esgrimen para cualquier cosa que hacen o permiten. Ahí está, por ejemplo, Nicolás Maduro, quizás más pendiente de Ucrania que del litoral: en estos días se ha empezado a especular con que la pistola cargada que apunta contra el Caribe venezolano, de parte de los yanquis, no es sino parte de la amenaza velada de estos a Rusia, para hacer cesar la guerra de Ucrania en los términos propuestos por Estados Unidos. Ahora bien, como también los ucranianos tienen dudas de las intenciones estadounidenses, a veces más bien parece que Trump estuviera apuntando a ambos bandos para obligarlos a la paz. En cuanto a Venezuela, teorías aparte, y a pesar de que la sorpresa se ha perdido, el margen de error venezolano se reduce: en algún momento se les escapa un tiro…
Columna: Toma de Posiciones
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