Palabras finales

Columnas de Opinión
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Hace pocos días falleció de un ataque cardíaco el columnista antioqueño Saúl Hernández Bolívar, asiduo opinador en El Informador, así como en otros diarios reconocidos a lo largo del país. Se trataba de un periodista conocido por su agudeza no exenta de vehemencia, especialmente recordado por la exhaustividad de sus textos, en los que su subjetividad estaba sin falta apoyada por la objetividad de los datos. Escribió artículos hasta los días finales, manteniéndose a no dudar fiel a su orientación política, que era la opuesta a la del actual Gobierno. Nunca lo conocí, pero resulta fácil imaginar a un hombre de expresión clara y directa en sus pareceres, lo cual no deja de ser de gran utilidad en un país que no se caracteriza por estimular esas cualidades de la comunicación.


Ya un par de semanas antes había partido otro comentarista de estas páginas, el doctor Joaquín Ceballos, de quien conservo grato recuerdo. Alguna vez me hizo una entrevista académica en la que, entre otros temas, me preguntó si sabía cuál era el objeto de los amores de don Quijote. Respondí con similar solemnidad. Luego recibí sus clases de derecho internacional, que, acompasadas de los necesarios debates jurídicos, con los años me ayudaron a definir cierta vocación. Caballero directo en el trato, aunque de suyo respetuoso y formal, la formación clásica se le notaba en la escritura de opinión. Siempre tuve la impresión de que no cesó de estudiar, y de que cada columna la trabajaba con la misma milimetría y sentido de la responsabilidad con el lector.

No creo que sea ningún descubrimiento decir que los columnistas se leen unos a otros, y, lo que es más, que a veces son los únicos que se leen entre sí. En definitiva, quién podría escribir nada si no tuviera nada que refutar, desmentir, contradecir, o incluso admirar veladamente, respecto de lo que dicen los demás. En ciertos casos, y qué más da afirmarlo a estas alturas, también se replica para destruir: realmente falaces o no las composiciones ajenas, no hay que negar que existe cierto placer perverso en descomponer en sus partes estructurales el argumento que estorba, y reducirlo al absurdo desde la apropiación transitoria que se hace para tal fin; pero no por amor a la verdad, sino por negación del contrario. Porque es cierto: nadie escribe para sí mismo. Opinar es un acto político.

En su columna final, titulada “Santa Marta, cinco siglos”, el doctor Ceballos hace tres meses le vaticinó a la ciudad lo siguiente: “En tus quinientos años, Dios y la Santa Patrona te amparen y obsequien futuro venturoso”. Claro que esa fue una despedida, sentida y elegante. Por su parte, Saúl Hernández Bolívar escribió un combativo artículo de opinión con el título “Se agrava el estado mental de Petro”, del que no vale la pena intentar hacer corolario alguno. Hernández Bolívar también dejó en su cuenta de X una suerte de predicción, bien sea que tal haya sido producto de una anticipación interior, o no: “El populismo hace estragos, lo lamentarán”. Se refería al musulmán comunista que escogieron en Nueva York como alcalde recientemente, en supuesta labor de contrapeso al presidente Donald Trump. Profecía o inteligencia aplicada al caso, las lamentaciones ya empezaron.

 
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM