Cuando el movimiento perpetuo deja de ser una paradoja

Columnas de Opinión
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Hace más o menos dieciocho meses fue noticia, aunque no debió serlo: Joel Canchimbo, de apenas dieciocho años, delantero del Barranquilla Fútbol Club, se quedó mudo en una rueda de prensa, posterior a la derrota de su equipo, ante un par de preguntas nada malintencionadas de algún periodista barranquillero.

Saludó las dos veces, intentó vocalizar, ladeó la cabeza como quien sabe las respuestas, tal vez demasiado bien, pero las palabras no le salieron al joven atlanticense. Dicen que su equipo lo dejó solo frente al pelotón periodístico, que a no pocos técnicos y jugadores hace temblar; sea como fuere, los hechos demuestran que, a pesar de ello, Canchimbo no salió corriendo y que prefirió quedarse a sufrir antes que huir. No sabría qué decir, pero no era ningún cobarde. 

En octavos de final de la Copa Mundial Sub-20 que actualmente se juega en Chile, Colombia derrotó a Sudáfrica, campeón africano vigente, por 3 a 1, con una anotación, la primera del partido, del mismo Canchimbo de la rueda de prensa aquella. Fue a través de un centro tenso desde la izquierda (la defensa sudafricana en retroceso, a contrapié), que aprovechó con furia el jugador colombiano, al sorprender al marcador y al portero rivales mediante una carrera impetuosa por la derecha, que terminó en disparo certero, sin asomo alguno de timidez. Hoy, con veinte años, Canchimbo juega en la profesional de Junior, donde solo ha hecho un gol; hoy, también, Canchimbo puede estar ante Argentina en la semifinal del Mundial, y, si la rueda no se para, en una de esas vuelve a expresarse. 

Falleció el técnico argentino Miguel Russo, de afectuoso recuerdo en Colombia, especialmente en Millonarios. Murió en su ley, dirigiendo in extremis a Boca Juniors, aunque la afición de ese equipo antes se hubiera manifestado dividida: no sin razón, con cariño, algunos hinchas lo invitaban a retirarse para atender su tratamiento contra el cáncer y, de paso, no descuidar a la escuadra. Después de todo, como lo resumió alguno de la vieja guardia uruguaya, “el fútbol es ilusión”, y la enfermedad a ese nivel sería su opuesto. Especulan con que Juan Román Riquelme, presidente de Boca, mantuvo a Russo contra viento y marea en su cargo porque el técnico había hecho lo mismo con él en 2007, cuando ganaron la Copa Libertadores… El fútbol es, además, amistad y gratitud. 

Carlos Valderrama le pone la vara alta a la selección mayor en el campeonato mundial de 2026; cree que es tiempo de que llegue a la final del torneo universal, lo que le representaría desechar el corto plazo y convertirse en realidad bajo presión. Sería la segunda final de ese tipo para el entrenador Néstor Lorenzo; la primera fue como jugador, en Italia 1990, cuando Argentina cayó injustamente ante Alemania, y el defensor que ahora prepara a Colombia salió del campo de juego llorando, con el labio inferior ensangrentado, al lado de Diego Maradona. A lo mejor el Pibe recuerda esa imagen y sabe que Lorenzo tiene, no sangre seca en la boca, sino lo mismo de alguna manera en el ojo, y que eso puede servir como combustible para buscar algo grande de verdad. Quizás los más jóvenes, que actúan a pesar del miedo, puedan dar esta tarde un golpe sobre la mesa e inspirar ese triunfo.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM