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El reeleccionista ministro Eduardo Montealegre dijo que su colega Armando Benedetti es “fantoche y arrogante”, como si nadie en el país estuviera al tanto de ello, y de otras cosas.

Tal vez lo que en verdad quería implicar el exprofesor Montealegre era que su copartidario criticado era, a la luz de los valores cachacos que profesa, un costeño considerado ejemplar, de esos que chirrían en ambientes más bien reprimidos. En otra época quizás habría hasta defendido con ironía al camaján Benedetti, pero creo que, en esa pelea petrista (?), de la que nadie sabe si es real, puede que haya dado en el clavo Montealegre, al caricaturizar a su enemigo valiéndose de apenas dos de los rasgos negativos a no dudar con que la naturaleza distinguió a ciertos paisanos, no a todos nosotros ni a la mayoría. 

Una vez me tocó tratar con este cartagenero que había agregado a su más que común primer apellido, a través de un guion, uno de los toponímicos de un fusilado prócer de la independencia (de padre español, pero nacido en Cartagena), para, así, al quedar rebautizado como un pariente lejano suyo, supongo que vincularse familiar y fantasiosamente con la dudosa alcurnia de los criollos patriotas de aquella ciudad enclaustrada. Dicho pretender vivir del canto sirenesco de glorias ajenas es parte del problema que ataco: la recalcitrante falta de realismo, que hace, a quienes menos han luchado por prepararse para lidiar con la aspereza del mundo, sujetos que anhelan compensar su vacío con ruido, a veces con furia, y en ambos casos con estupidez de la más rancia estirpe, esa sí. 

Desde la calculada descripción de su rival, lo de Montealegre era como pescar tilapia en un estanque: con certeza anticipó que a los cachacos menos tolerantes les vendría rápido el recuerdo prejuicioso de algún personaje de estrépito que a lo mejor habrían conocido y detestado por superficial y charlatán, de los borrachos que invaden el espacio ajeno con su alegría impostada (que no contagiosa), del ligero que ha renunciado a intentar valerse por sí mismo, etc.; todas manifestaciones inferiores de la personalidad individual que, justamente, no son cultura sino defectos que dañan la convivencia. Que no se me malinterprete: estas perturbaciones del espíritu se dan en todo el ámbito nacional, pero, por razones no fácilmente excusables, acaso se han hecho más visibles en el Caribe. 

Es curioso ver cómo en tierras latinoamericanas menos emotivas, como Chile o México, suelen quejarse de los venezolanos a partir de cuestiones sospechosamente parecidas, cuando los vecinos van a buscarse la vida en tales escenarios. El choque es más o menos similar allí y por ello es posible que, al final, la historia murmure una explicación: en la próspera Cataluña hubo un líder político que alcanzó a afirmar hace medio siglo que los andaluces que migraban a aquella comunidad no eran hombres coherentes sino anárquicos, destruidos y poco hechos, que vivían en estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual… Por lo demás, apostaría a que el jefe de Montealegre y Benedetti, que se dice costeño, aunque sin compartir nada de lo bueno o malo de este enclave, sabe muy bien que, al hacerlo, se atavía con una de las mejores caras de la nación. Mal que nos pese. 

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM