Un asunto de estructura

Columnas de Opinión
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El partido que jugó la selección colombiana contra el equipo venezolano por las eliminatorias, hace un par de semanas, fue como verse en el espejo del tiempo: el rival, si bien ha mejorado lo suficiente como para llegar a ser considerado un peligro cuando juega en serio, se quedó estancado, por ahora, en un error común de las culturas futbolísticas en ascenso. Venezuela creyó, como no poca gente cree, que el fútbol es hacer goles y ganar partidos, y festejar ruidosamente; cuando en realidad implica la complejidad de jugar bien con consistencia, a través de un sistema en el que quepan indistintamente unos jugadores y otros, y más allá de las dificultades propias de cada enfrentamiento. Las escuadras que se han acercado a esa firmeza estructural han podido ganar campeonatos.

Es increíble que, por ejemplo, en un escenario como el estadounidense, donde por excelencia se confía en los procesos de largo plazo y la planificación, no se haya podido entender que para ganar un mundial de fútbol es imperativo integrar aquella mentalidad, digamos, empresarial, a las acciones del campo de juego. En el fenómeno futbolístico gringo, que ya lleva un buen medio siglo de fracasos, indudablemente ha sido determinante el otro lado de la historia: cuando se trata de deportes, para el yanqui promedio lo importante es el movimiento del marcador, acompasado por los rugidos de la tribuna. En general, el deporte allí parece no ser una cuestión demasiado protocolaria, sino más bien resultadista; y, sobre todo, ajena al aburrimiento superficial de un empate, aunque esté justificado.

Es posible que el influjo del béisbol, deporte altamente estratégico y silente, pero a la vez fértil en situaciones de emoción, haya sido impedimento en países como Estados Unidos (su creador) y Venezuela (donde predomina) para adaptar a la afición a la naturaleza paradójica del fútbol: si bien el balón se mueve todo el tiempo, tanto como los jugadores, el resultado puede permanecer en ceros, y, aun así, generarse un gran despliegue de táctica por ambas escuadras, lo que en países como el nuestro da lugar a un estupendo espectáculo. Creo que, en sentido opuesto, está lejano el día en que un aficionado gringo estime realmente valioso sentarse noventa minutos a ver veintidós tipos hacer de todo menos anotar, y tan solo patear la pelota de aquí para allá sin ningún sentido aparente.

En el último encuentro, Venezuela quizás entendió que después de haber anotado su primer gol, o incluso luego del segundo, el contrario se desmoronaría. Eso pasa, en efecto, cuando no hay identidad de juego en el que recibe los goles; pero, si la hay, lo que suele ocurrir es que no importa ir perdiendo por un gol o hasta por dos, ya que el equipo que mejor compita, con ritmo sostenido, terminará imponiéndose tarde o temprano en el tablero. Lo mismo pasa cuando se cae en un duelo pero se sabe cómo vencer en el próximo. El fútbol es una verdadera disciplina, que fortalece la paciencia y endurece el ánimo, pues acostumbra a sus protagonistas a la serenidad inherente al pensamiento de triunfo mediante la construcción, y no desde la prisa o la necesidad de grandiosidad. Es un deporte en el que reina el valor colectivo, sí, pero precedido de sólida dirección individual.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM