“Las muertas”, serie de televisión recientemente estrenada en Netflix, resultó ser una exquisita pieza de la narrativa con imágenes que bien pudo honrar el compromiso de escenificar la palabra escrita del gran autor mexicano, guanajuatense puro, Jorge Ibargüengoitia. Debe agregarse que esta no es ninguna historia telenovelesca desarrollada en los turísticos paisajes de los pueblos mágicos mexicanos; pero, sobre todo y lamentablemente, hay que enfatizar que no se trata de un relato amplio nacido de la imaginación o experiencias personales de un novelista. En realidad, lo que Ibargüengoitia contó, y que la serie rescató, no es sino la versión menos vomitiva de ciertos hechos acaecidos en una comarca del Bajío, altiplano seco y fértil, corazón de la nación de los mexicas.
Ligeramente cambiados los nombres, sitios y sucedidos, se mantuvo en la ficción de uno y de otros lo que es esencial, especialmente para el buen entendedor: unas mujeres desalmadas (las hermanas Baladro) esclavizaron a sus pares más vulnerables, durante décadas, en las condiciones peores, para que los señores y señorones de los contornos tuvieran la oportunidad de saciarse el vicio inflacionario de las prostitutas. El país nacido de la descolonización española, sobreviviente de las invasiones gringa y francesa, y particularmente de las traiciones internas, puede que haya gestado en sus adentros, durante el siglo XIX, una clase de hombre muy definida: el mero macho, que no le teme a nada, que fuma, bebe y se resuelve a tiros cuando toca, y que es buen putañero hasta viejo.
En esto no hay que juzgar a nadie apresuradamente: cada cual hizo lo que pudo con lo que tuvo a mano en la época y en el lugar en que le tocó nacer y vivir. Quizás por esa razón estos productores de televisión decidieron hacer su trabajo con la obra de Ibargüengoitia y no con los expedientes judiciales, donde reposa la verdad procesal de los crímenes cometidos, y tal vez la verdad real. El escritor, tempranamente huérfano de padre, y de dolorosa muerte trágica cuando venía a Colombia, acaso vio la situación que quería trasmutar con los mismos ojos de piedad que muy seguramente le enseñaron a tener con los demás, en la infancia, las mujeres de su familia materna, su única familia. Es posible que viera en todos, víctimas y victimarios, una sola raza de desgraciados por el destino.
Dicho lo anterior, tampoco hay que negar que el mal existe y existirá entre los seres humanos, precisamente para evitar que lo sigan siendo, mientras les provee de conformidad transitoria con esa precariedad existencial. La sinrazón deshumanizadora de la crueldad con los indefensos parece hallar sustento en una excepción de aire cuasijurídico: el supuesto “estado de necesidad”, comodín que justifica absolutamente todo. Por ejemplo, de él se valen por igual judíos sionistas y terroristas de Hamás para matar de hambre o con balas a los gazatíes neutrales: los segundos, sus compatriotas, los usan como escudos humanos; y los primeros no hacen caso de ningún escudo, por más humano que sea. Ambos bandos actúan así porque “no tienen alternativa”, teniéndola. Las hermanas Baladro, o las Poquianchis, estarían de acuerdo con los dos, pero les cobrarían la tarifa.