En Argentina se burlan de que algunos de los futbolistas colombianos que juegan allá sean, digamos, pintorescos: se arrodillan en rezo a los cielos cuando su equipo cobra un penalti, en lugar de estar pendientes del muy factible rebote; regatean a una buena cantidad de elementos del contrario para, al final, reventar la pelota a la tribuna, en vez de anotar fácilmente; cuando no andan de rumba, están pasados de peso, o viven a las trompadas con sus compañeros; se meten en líos judiciales, a veces hasta por violencia de género; y, por si fuera poco, antes de cada partido televisado se dedican más a pasarse por el salón de belleza, para hacerse las uñas, el pelo y quién sabe qué otra extraña estética, que por la estrategia de juego del rival, la propia, o el estado físico o mental de los colegas.
También están los que se creen importantes y entonces casan peleas con los árbitros, o con una prensa que necesita vender a toda costa; los que no le entienden al técnico las órdenes de juego, y no hablan; y, claro, los que se desempeñan bien en lo chico, pero se asustan con la presión de lo definitivo, lo trascendental. En esto último, parece que no solo en la muy discutible jueza Argentina hay consenso, sino en general en el ámbito latinoamericano (y no solo por el fútbol): los colombianos son “pechofríos”, o sea, gente de ánimo apocado para lograr las cosas, sobre todo las importantes. Recuerdan, en especial, y hablando apenas de fútbol, las múltiples ocasiones en que las escuadras colombianas de todo nivel se rajaron con el peso de una final, de una definición, de un tiro penal.
Uno podría decir que los deportes, deportes son, y nada más que eso; y que no arroja nada cierto sobre la realidad pretender extrapolar el desempeño en unas actividades fundamentalmente físicas, por parte de gente joven y no pocas veces inexperta, a todo lo demás. Por supuesto, cómo estar en contra de esta inferencia tan básica. Aunque valdría la pena hacer memoria y traer a valor presente las palabras de un expresidente de la República, hoy más bien petrista, al respecto. Ernesto Samper, en su libro Aquí estoy y aquí me quedo, del año 2000, resumió aquella polémica idea nacida del fútbol en una oración que parafrasearé, porque no tengo el texto: los colombianos somos gigantes para lo pequeño y pigmeos para lo grande. No lo dije yo, lo dijo quien conocía bien a este país.
Acumulo ya un cuarto de siglo con esa preocupación en la cabeza, con ese sambenito heredado, con ese dolor sordo cada vez que veo a colombianos patear desde el patíbulo de los once pasos, y perdonar al adversario; paralelamente, en ese mismo tiempo me ha consolado la convicción de que siempre cabrá cambiar la historia, sea cual sea, y no hablo estrictamente de balompié. Incluso pechofríos y pigmeos pueden dejar de serlo, y aprender a concentrarse y a ser más ambiciosos y disciplinados, pues todo se entrena. La historia abunda en ejemplos de pueblos que empezaron, muy humildes, por tomar conciencia de sus limitaciones y que después las superaron; quizás fueron pacientes consigo mismos, mientras no renunciaron a exigirse cada vez más y siguieron trabajando. Otros, por su parte, acaso solo confiaron en su suerte, se resignaron, y luego supieron justificarse.