Anduve leyendo un cuento de Jorge Luis Borges de cuyo título no quisiera acordarme por unos días, “El Congreso”, en el que el protagonista excluyente, un viejo periodista, habla en primera persona del Borges de la realidad, así: “El nuevo director de la Biblioteca, me dicen, es un literato que se ha consagrado al estudio de las lenguas antiguas, como si las actuales no fueran lo suficientemente rudimentarias, y a la exaltación demagógica de un Buenos Aires de cuchilleros”. No es difícil adivinar que, en la última parte de aquella descripción, el autor argentino hizo una velada alusión a lo por él escrito en otro cuento polémico, por violento y oscuro, “Hombre de la esquina rosada”, de tantos nombres previos como interpretaciones tardías, y al que ya me he referido aquí en alguna ocasión.
El propio Borges, en una conferencia dictada en Medellín, en 1963, que no en vano se llamó “La poesía y el arrabal”, reveló su cercanía con un mundo que parecía serle por completo ajeno, al menos en lo que a su vida pública respectaba: “[…] Y así, el Corralero entra en el salón de baile y provoca bruscamente al guapo local, que se llama, creo, Rosendo Suárez. Bueno, cuando escribí ese cuento sabía, porque lo había presenciado muchas veces, que eso era históricamente falso. Las provocaciones nunca se hacían así. […]”. Tal vez a Borges sí que le gustaba ir a ver de cerca los desafíos entre aquellos hombres, más allá de su odio visceral hacia el fútbol (cosa de ingleses), y por eso la explicación ninguna de Rosendo Juárez no lo dejó en paz desde que omitió escribirla.
Pues cuarenta y tres años después de haber entregado la primera versión de “Hombre de la esquina rosada”, publicó en 1970 una especie de continuación de aquel cuento: “Historia de Rosendo Juárez”. Juárez, también conocido como el Pegador, era un personaje humillado en la noche de crimen del cuento inicial que, en el segundo, pudo aclarar los hechos. Dos relatos conectados por el sabedor de ambos, dado que el tema, la vida imaginada o no tanto de los matones de barrio de Buenos Aires, al parecer ejercía cierta fascinación en la mente de aquel, el bibliotecario en jefe mencionado en “El Congreso”. Cabe agregar que, tanto en “Hombre de la esquina rosada”, como en “Historia de Rosendo Juárez”, Borges es una pieza silente pero clave del reparto: el escritor-confesor.
El lenguaje utilizado por el Borges verdadero (?), para dar voz a las sendas narraciones que desde el yo hicieron, cada uno en su momento, los dos líderes de esas dos composiciones breves, ubicadas en los bajos fondos porteños, aspira a ser el mismo: casi medio siglo de trecho cegador entre una y otra no le impiden conservar su énfasis cadente. En cuanto al fondo, es notorio que lo que el escritor argentino había dicho en 1963, sobre “Hombre de la esquina rosada”, era verdad: “[…] Ahora bien, en ese cuento yo necesitaba que la provocación fuera brusca. […]”. ¿Buscó Borges con ello hacer más fuerte la razón oculta de Rosendo Juárez, el Pegador, apenas detallada mucho tiempo después por él mismo?: “[…] En ese botarate provocador me vi como en un espejo y me dio vergüenza. No sentí miedo; acaso de haberlo sentido, salgo a pelear. Me quedé como si tal cosa. […]”.