Los aúlicos

Columnas de Opinión
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Hace siglos, en las cortes reales de Europa, existía un tipo de personaje que parecía tener un talento especial: siempre sabía qué decir para agradar al monarca, cuándo reír, cuándo asentir y cuándo guardar silencio.  No ocupaba un cargo oficial de gran relevancia, p ero su cercanía con el poder le permitía mover hilos invisibles.  Eran los áulicos, cortesanos cuya lealtad estaba atada más a la conveniencia que a la verdad. Lo curioso es que, con el paso de los siglos, estos personajes no desaparecieron; simplemente cambiaron de escenario.  Ya no caminan por pasillos alfombrados de palacios, sino por oficinas corporativas, salas de juntas y despachos ejecutivos. Han sabido adaptarse a los nuevos trajes del poder, perfeccionando el arte de la adulación para seguir siendo indispensables a los ojos del líder.

En el mundo corporativo contemporáneo, estos lacayos conforman una “corte informal” alrededor de directores generales, dueños o altos ejecutivos. No figuran en organigramas, pero su influencia se cuela en decisiones estratégicas, contrataciones y hasta en la manera en que circula la información.  En América Latina, y especialmente en Colombia, su presencia suele vincularse a una herencia cultural del clientelismo: proteger al líder por encima de la organización, defender lo que conviene al grupo cercano y acallar cualquier voz disidente.  Este comportamiento, que algunos podrían justificar como “alineación” o “trabajo en equipo”, tiene un costo alto: debilita la innovación, desalienta la opinión crítica y erosiona la confianza interna.  Los rumores, los chismes y la exclusión de quienes piensan diferente se vuelven moneda corriente, afectando no solo el clima laboral, sino también los resultados a largo plazo.

 Un ejemplo se vivió en una empresa mediana de servicios tecnológicos en Bogotá, donde un ejecutivo con acceso privilegiado al director general bloqueaba propuestas de nuevos talentos, filtraba información a su conveniencia y se dedicaba a desacreditar a quienes no encajaban en su círculo.  La consecuencia fue una fuga silenciosa de profesionales valiosos y una pérdida notoria de competitividad.  En otra compañía familiar de manufactura en Medellín, un asesor sin cargo formal, pero con apellido influyente, frenaba cualquier intento de modernizar procesos productivos. Los empleados lo describían como “el hombre que nunca dice que no al jefe, aunque el mundo se caiga a pedazos”.  En ambos casos, la influencia áulica no solo ralentizó el crecimiento, sino que fomentó un ambiente de miedo y complacencia que terminó costando caro.

Como bien señala el economista y especialista en ética empresarial Bernardo Kliksberg: “La lealtad ciega a un líder, sin espacio para la crítica, puede corroer los valores de una organización y su capacidad de desarrollo inclusivo.” Sus palabras resuenan en cada historia donde la falta de cuestionamiento y el exceso de adulación terminan transformando a una empresa en un ecosistema frágil, dependiente de una sola voz y vulnerable a errores estratégicos.  El áulico, en su afán de proteger al líder, suele proteger en realidad sus propios privilegios, sacrificando el potencial colectivo.

Frente a este fenómeno, el desafío para las organizaciones colombianas está en construir culturas corporativas que valoren la diversidad de pensamiento, el mérito y la transparencia.  Mecanismos como juntas directivas independientes, evaluaciones 360° y canales anónimos de retroalimentación pueden contrarrestar la influencia de estas cortes informales.  Pero más allá de las estructuras, es necesario un cambio de mentalidad: líderes dispuestos a escuchar críticas sin tomarlas como ataques, colaboradores con la valentía de expresar sus ideas, y políticas claras contra el favoritismo.  Combatir el rumor con comunicación abierta y premiar la innovación por encima de la adulación son pasos concretos para desmontar la maquinaria áulica. Porque, al final, una empresa que se libera de estos círculos cerrados gana no solo en productividad, sino en dignidad y en futuro.

Comunicador corporativo.  Me encantan los viajes, la música electrónica, la cultura glocal, la tecnología inmersiva y los negocios inteligentes.

Columna: Palabras más, Palabras menos e-mail: tandemcomunicacionfutura@gmail.com