Piratas, nazis y gladiadores

Columnas de Opinión
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Más que a los libros de historia, habría que remitirse a las películas de Hollywood para rescatar de la memoria aquellas imágenes, ciertamente cinematográficas, de hombres de hace cuatro o tres siglos, ataviados con parches en los ojos, garfios y patas de palo, que iban de puerto en puerto, o que en alta mar abordaban barcos desguarnecidos, y que eran normalmente de nacionalidad inglesa, no obstante haberlos también franceses y holandeses, y en menor medida españoles, italianos y portugueses. (Parece que, además, entonces hubo piratas norafricanos, y que de allí salió lo de “trata de blancas”, a propósito del secuestro de mujeres europeas). Eso sí, todo indica que la bandera negra, con la calavera y las dos tibias cruzadas, era exclusividad de los afamados piratas británicos.

Con esa imagen que a distancia exaltaba a la muerte, los corsarios ingleses enviaban el mensaje de que no se iba a respetar la vida de nadie, y que era mejor que el asaltado de turno se rindiera sin pelear, ya fuera en mar o en tierra. Si bien no los hacía invencibles, tal amenaza daba ventajas logísticas a dichos criminales. Solían lograr la victoria en la mente de sus víctimas. Algunos dicen que los nazis aplicaron este principio de la guerra psicológica: en los uniformes de la división paramilitar encargada de sus campos de exterminio humano se bordaba la calavera como símbolo de no temer ante la muerte. Así, se podía pensar que con ello estaban cacareando tener coraje para cuando les tocara morir, pero tal vez solo ostentaban ausencia de miedo para causar la muerte ajena.

El arte jamás dejó de recoger el guante. En una cinta setentera de artes marciales, el personaje actuado por el legendario Bruce Lee lame el fluido carmesí de su piel cortada, como para dejarle claro a su enemigo que, lo mismo que en el vallenato, “aunque sangre no le duelen las heridas”. Por otro lado, pese a las varias teorías sobre el tema, puede que los filmes hayan acertado en la idea de que, con los gladiadores romanos, el asunto fue todavía más dramático; pues, antes de entrar en fiera y desigual batalla con bestias salvajes, aquellos seguramente sí saludaban al emperador con la fórmula “Ave Caesar, morituri te salutant", es decir, “Salve, César: los que van a morir te saludan”. Nada de dibujitos ni de uniformes de Hugo Boss. El valor no se puede fingir en el momento clave.

En una entrevista reciente, Miguel Uribe Turbay confesaba, desprevenido, que su mayor temor era el que sentía por la muerte. Supongo que, como muchos, habló de ese problema en general y con la confianza que da verlo a lo lejos, siempre sin dejar de imaginarlo cerca algún día. Un miedo comprensible, por lo demás, viniendo de alguien que había tenido que intentar entender el fin de la existencia en abstracto y tardíamente, cuando su madre hacía ya tiempo se había ido. La tanatofobia, si en verdad la padecía, no impidió que se expusiera sin medida a las balas de los que atacan por la espalda, a través de instrumentos menores de edad de la “cuestión social”; me refiero a esos que golpean desde la oscuridad, con resentimiento contra el que no contemporiza, el que no cede, y que quizás está prevalido de cierta supuesta intangibilidad, cuando tal cosa nunca ha garantizado nada. 

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM