El 7 de agosto de 1954, el dictador Gustavo Rojas Pinilla expresaba, ante la Asamblea Nacional Constituyente, durante su discurso de posesión como presidente de la República de Colombia, una contradicción exquisita: “La institución de la censura es tan desagradable para el gobierno como para los periodistas. Pero es premisa necesaria para terminar totalmente con ella promulgar un estatuto de prensa que rectifique un pasado de errores”. Estas dos frases, pronunciadas por quien venía ejerciendo el poder presidencial de facto desde catorce meses antes, y que ese día se entronizaba para cuatro años más, debió de producir sudor frío entre los comunicadores nacionales de la época: para no censurar, cosa “desagradable”, el régimen “rectificaría” el ejercicio de la libertad de prensa.
La Asamblea Constituyente era presidida por Mariano Ospina Pérez, expresidente de la República y conservador moderado, el opuesto de Laureano Gómez, conservador radical y presidente defenestrado el año anterior. Paradójicamente, la dictadura se bañó de legitimidad en esa Constituyente, convocada en 1952 para reformar la Constitución Política de 1886, durante el período del postrado Gómez; la historia quiso que cinco días después del golpe de Rojas Pinilla, el 18 de junio de 1953, allí mismo se declarara “vacante” el cargo de presidente y se reconociera al general como el que lo ocuparía por el resto del término usurpado. Ese 18 de junio también se decidió, entre otras fruslerías, que en 1954 la Constituyente votara al presidente para el cuatrienio siguiente.
El 30 de julio de 1954 la Constituyente recordó que el nuevo presidente sería elegido por esa instancia hasta el 7 de agosto de 1958; y que, además, el jefe del Estado podría posesionarse ante ella. El 3 de agosto de 1954 el teniente general Rojas Pinilla fue, entonces, escogido en dicho teatro para cuatro años que no terminaría; y ya el 7 de agosto, arriba mencionado, dio en sentenciar veladamente a la prensa. Casi pasado un año exacto de voceada su amenaza, el 3 de agosto de 1955, el diario El Tiempo sería militarizado; y unos meses más tarde, a inicios de 1956, El Espectador fue forzado a cerrar. Tal era la “rectificación” que el dictador había prometido y que ahora cumplía al pie de la letra, con la complicidad de los “moderados” de ambos colores. Nos iba mejor con Laureano.
El 10 de mayo de 1957 se fue el corrupto Rojas Pinilla, y los militares lo harían el 7 de agosto de 1958, cuando inició el Frente Nacional, con la llegada conciliada de Alberto Lleras. Ese preciso día nació EL INFORMADOR, de Santa Marta, entonces capital del Magdalena Grande. El que este diario haya salido a circulación justo cuando regresó la democracia no es gratuito: es un símbolo de compromiso con la gente libre, que no cesa, y menos en la penumbra actual. Vivimos tiempos de incertidumbre, como en 1954, y EL INFORMADOR no ha hecho otra cosa que mostrarse decidido ante la adversidad desde el día nefasto. Sus columnistas debemos estar orgullosos de compartir con el periódico la convicción de que “La libertad de prensa es la primera de las libertades democráticas”, como dijera aquel primer dictador de manera hipócrita, también en su perorata del 7 de agosto de 1954. ¡Vivas a EL INFORMADOR!