Es más fácil decirlo que asimilarlo: “En la tarde del lunes anduve por las polvorientas calles de Gaira, por eso de sus 500 años de existencia”. Algo pasaba entonces, en el calor bravo de la tarde, con las banderas de tres franjas horizontales colgadas de las ventanas, en lugar de la albiceleste samaria o el tricolor nacional. Los gaireros sacaron a la calle sus colores (verde arriba, amarillo al medio y azul en la base) quizás para recordar a Santa Marta, y a todo el que deseara saberlo, que ocho días antes de que don Rodrigo de Bastidas fundara a la capital de la bahía del Morro, justo al lado de su puerto natural, había fondeado siete kilómetros al sur, en la ensenada de Gaira, El Rodadero actual. Que asimismo comparten otro morro, y quién sabe si a lo mejor también podrían tener su propio puerto.
Más tarde me confundí un poco, porque busqué en línea y encontré versiones según las cuales a Gaira en verdad la fundaron el 21 de julio, pero de 1521, lo que zanjaría cualquier discusión con Santa Marta, por aquel dudoso honor de la vetustez, a través del nocaut no técnico. Y luego vi que hay quienes sostienen que, el 19 de octubre de 1510, a los adelantados españoles los feroces indios de Gaira les ajustaron su primera derrota en suelo americano; lo cual, de ser confirmado, sería un buen dato para incordiar a los más hispanistas. Por lo demás, reconozco desconocer si Gaira todavía alimenta en su llanura serrana los cultivos de caña de azúcar que le valieron el mote de la Dulce, hace ya tiempo, es dable suponer que por la panela, el guarapo y los demás derivados arundíneos.
Ignoro, igualmente, si la pretensión de convertir a Gaira de barrio a municipio persiste en el ánimo de sus gentes; a juzgar por el deseo de exhibir sus banderas, podría parecer que sí. En mi rebusca de internet, sin embargo, me enteré de que Gaira es eso desde 2018, un barrio, y ya no un corregimiento de Santa Marta; lo que reduce, se entiende, su margen de maniobra para aquel fin independentista. Ahora bien, puede ser que no tener un corregidor honre mejor el pasado de milicia naval de los gaireros, porque esa figura, la del funcionario que “corregía”, es herencia pura y dura de los peninsulares, vencidos en su mar. Sea como sea, es predecible que Santa Marta pueda perder a Gaira, si le tocara, en algún momento, pero jamás a El Rodadero y su renta comercial y turística.
Los samarios no deberían desconfiar de los gaireros por invocar su historia como base de alguna intención separatista remanente. Es más o menos lo mismo que en cosa de una semana van a hacer muchos en la tierra del río Manzanares no madrileño y la Sierra Nevada no andaluza; y que, debería sobrar decirlo, es fiesta que no tendría por qué implicar revanchismo de ningún tipo con nadie, o ya adoración sumisa a raza alguna en particular. Al cabo del milagro y la tragedia del mestizaje, que parió seres desorientados a causa de carecer de raigambre con que asirse a la realidad, yació largo tiempo una oportunidad dormida: la de descubrir una nueva manera de vivir avanzando, debajo de las cenizas de las más de dos civilizaciones que en toda esta franja de tierra rocosa y fértil a la vez, especie de intersección costero-montañosa, lucharon como pudieron por su primera supervivencia.