Blanco y silencioso

Columnas de Opinión
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El profesor Jirafales, que sostiene un ramo de rosas con la mano derecha, blande el tabaco con la mano contraria, en dirección a don Ramón, y le dice a este: “¿Qué usted no tiene ningún apodo?”. Don Ramón le contesta, mirando a la cámara muy serio, aunque con leve expresión satisfactoria al final: “Bueno, sí. Algunas mujeres… me dicen el Rorro”. (Risas de fondo). El Chavo, que escuchaba atento, interviene: “No es cierto. Doña Florinda le dice ´lombriz de agua puerca´”. Jirafales se desquita entonces con una burla ruidosa que hace juego con las habituales carcajadas grabadas y con algunas aisladas del grupo de técnicos allí presente, en el estudio de televisión. A esta rutina de limitada pugnacidad se le ha llamado “humor blanco”, porque nadie salía demasiado herido de ella.

La serie televisiva acerca de la vida de Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, basada en una afectuosa perspectiva familiar, y que por estos días es muy comentada, ahonda en las razones personales que explicarían por qué el comediante prefería recorrer el camino lento del humor blanco, con el que era y sigue siendo más difícil conseguir audiencia. Esto se entiende mejor si se compara al gracejo inocentón con su opuesto, el humor negro, que es frecuentemente de mal gusto y menos trascendente en el tiempo, pero en compensación más repentino y efectista. Chespirito parece haber apostado por el juego largo, a ver si todavía era recordado medio siglo después de haber imaginado situaciones pausadas, aunque claras y directas, de las que pudieran nacer sonrisas serenas.

No solo se lo recuerda, sino que se sigue indagando (incluso con malaje) en la causa de su éxito descomunal. Condenado a la oscuridad de la escritura de guiones, solo hasta la mediana edad, y a merced del riesgo, pudo hacerse con un espacio como actor y director. Luego se elaborarían truculentas teorías relacionadas con el uso recurrente de la antigua letra ch al inicio de los nombres de sus personajes principales, ya que supuestamente así veneraba en público al “Chamuco”, como se llama en la cultura popular mexicana al mismísimo Diablo. Este último señor, según los especuladores, había de premiar a Roberto con fama, dinero y lo que sigue, todo por hacernos reír a su costa; si esto fue así, puede que el Chamuco no estuviera recibiendo eficiente asesoría jurídica.

En realidad, tal y como nunca lo negó o tergiversó, es perceptible que a Chespirito las ideas chisposas se le ocurrían después de la observación curiosa. Igual que si hubiera creído ciegamente en una suerte de comicidad de su destino, tomaba las desventuras cotidianas como arcilla para con ellas moldear el efecto balsámico derivado de la interacción adulta de sus creaciones. Pues, más allá de lo admitido, debe reconocerse en la comedia blanca de Gómez Bolaños, antes que nada, el intento de aproximación a la risa fácil desde las circunstancias que anteceden a la quietud del espíritu; si lo buscado con el ejercicio del “humor” es provocar el “buen humor” en otros, ¿por qué no llegar a este empezando por el final, es decir, a partir de señas de afabilidad, la que es el objetivo último y nunca dicho de cada chiste? Su trabajo se asemejaba a la explicación de la fe con la razón.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM