En estos tiempos de incertidumbre, donde las crisis sociales, ambientales y emocionales parecen entrelazarse como nunca, hay una verdad que se hace cada vez más evidente: el liderazgo autoritario está perdiendo terreno. Ya no basta con mandar desde la distancia, ni con esconderse tras cifras frías o discursos grandilocuentes. Hoy, la sociedad clama por líderes que se atrevan a ser vulnerables, que entiendan que el poder no es un permiso para dominar, sino una responsabilidad ética con el bienestar colectivo.
La pandemia del Covid-19 sacudió no solo los sistemas de salud, sino también nuestras certezas sobre la gestión y el liderazgo. Nos dejó preguntas incómodas: ¿Quiénes supieron guiar con firmeza sin dejar de ser humanos? ¿Qué tipo de liderazgo necesitamos en un mundo donde las emociones, los afectos y las crisis están tan interrelacionadas? Las respuestas no están en la fuerza ni en la arrogancia. Están en la capacidad de escuchar, de empatizar, de conectar. Liderar ya no es mandar: es cuidar. Y ese cuidado, para ser auténtico, debe ser genuino, informado y sensible.
Un ejemplo que siempre me ha parecido inspirador es el del Papa Francisco. Más allá de credos, su estilo de liderazgo transformó la noción de autoridad dentro y fuera de la Iglesia. Desde el inicio de su pontificado, insistió en la necesidad de una Iglesia “de puertas abiertas”, cercana al sufrimiento humano, y puso en el centro de su mensaje la compasión, la humildad y el cuidado de los más vulnerables. Recuerdo especialmente sus palabras en plena pandemia, desde una Plaza de San Pedro vacía: “Nadie se salva solo”. Fue un llamado ético, un recordatorio de que el liderazgo solidario y empático es el que realmente transforma. El Papa Francisco no lideraba desde la rigidez, sino desde la escucha, el gesto sencillo y la coherencia con sus principios, incluso cuando eso incomodaba a los sectores más conservadores.
Otros ejemplos de liderazgos que cuidan, también los encontramos en el ámbito empresarial. Sheldon Yellen, CEO de Belfor, escribe a mano miles de tarjetas de cumpleaños y condolencias para sus empleados. Puede parecer un detalle menor, pero en un mundo cada vez más despersonalizado, ese gesto es profundamente humano. También hay empresarios que han cambiado la forma de empezar las reuniones: agradecen a sus equipos, reconocen logros y dificultades, y crean culturas donde el trabajo no anula a la persona.
En Colombia, tenemos un ejemplo profundamente inspirador en Jaime Jaramillo, conocido como Papá Jaime. Su vida es un testimonio de liderazgo desde el amor y el compromiso con la dignidad humana. Durante décadas, ha trabajado con niños y jóvenes habitantes de calle, muchos de ellos sumidos en condiciones extremas de pobreza y violencia. Lo ha hecho no solo desde el asistencialismo, sino desde la empatía: bajó a las alcantarillas de Bogotá para rescatarlos, escucharlos, abrazarlos, devolverles la esperanza. Su liderazgo no se basa en discursos, sino en acciones concretas de cuidado, presencia y sanación emocional. Como él mismo afirma, “no hay transformación sin amor”. En un mundo marcado por la indiferencia, su labor es un ejemplo tangible de lo que significa liderar desde el alma.
El liderazgo que cuida no es débil. Al contrario: es profundamente valiente. Requiere mirar de frente la incertidumbre, renunciar a tener todas las respuestas y, sobre todo, humanizar la toma de decisiones. Como bien lo dice la investigadora Brené Brown, “la vulnerabilidad no es debilidad; es el mayor acto de valentía”.
Este nuevo liderazgo también es urgente frente al cambio climático. Las comunidades más afectadas por esta crisis no son las responsables de ella. Son las más pobres, las más olvidadas. Liderar desde el cuidado implica actuar con justicia ambiental, escuchar las voces locales, proteger la vida en todas sus formas.
Como lo han manifestado diferentes líderes, entre los que se encuentra Mahatma Gandhi: “Cuando tienes poder, no necesitas usarlo para demostrar. Tu capacidad de cuidar ya es una expresión de fuerza”.
Hoy necesitamos con urgencia más líderes que entiendan que el poder auténtico no se impone, se ofrece. Que sepan escuchar, cuidar, acompañar. Porque liderar no es tener todas las respuestas. Es estar presente cuando más se necesita.