¿Educar para qué? Repensar los fines de la educación en tiempos de incertidumbre

Columnas de Opinión
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En estos tiempos en que el mundo parece girar más rápido y con menos certezas, la pregunta “¿Educar para qué?” se vuelve más que pertinente.  No es solo una cuestión académica o pedagógica, sino un llamado a reflexionar sobre el propósito real de la educación en un contexto marcado por el cambio climático, la revolución tecnológica y una crisis profunda de sentido.  La educación no puede seguir siendo un simple trámite para obtener un título o un empleo; debe ser un proceso que prepare para vivir, para pensar críticamente y para actuar con responsabilidad en un mundo incierto.

Desde mi perspectiva, la educación debe redefinir sus fines y dejar atrás la visión tradicional centrada en la acumulación de conocimientos y competencias técnicas. Hoy, más que nunca, necesitamos formar personas capaces de adaptarse, cuestionar, innovar y comprometerse éticamente con los desafíos globales y locales.  La educación debe ser un espacio para construir sentido, para aprender a convivir con la incertidumbre y para desarrollar una conciencia crítica sobre el impacto de nuestras acciones en la sociedad y el planeta.

Un primer argumento que sustenta esta idea es la urgencia ambiental que vivimos.  En Colombia, las consecuencias del cambio climático son palpables: sequías prolongadas en La Guajira, inundaciones en el Pacífico, pérdida de biodiversidad, etc.  Estos fenómenos nos exigen una educación que no solo enseñe ciencias, sino que también fomente el respeto por el medio ambiente y la responsabilidad colectiva.  No es casual que Paulo Freire afirmara que “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.  Si queremos enfrentar estos retos, debemos educar para que las nuevas generaciones sean guardianes conscientes de la naturaleza, no simples espectadores.

En segundo lugar, la velocidad con la que las tecnologías emergentes transforman la vida cotidiana y el trabajo obliga a repensar qué habilidades son realmente valiosas.  La inteligencia artificial, la automatización, la biotecnología están desplazando tareas rutinarias y creando nuevas demandas.  En este escenario, la educación tradicional basada en la memorización pierde sentido.  Lo que importa es enseñar a pensar, a aprender a aprender, a ser creativos y críticos.  Como lo señala el mismo Freire, “la educación en el siglo XXI debe enseñar a los estudiantes no qué pensar, sino cómo pensar”.  Solo así podrán navegar en un mundo saturado de información y tomar decisiones éticas y acertadas.

Finalmente, la educación debe responder a la crisis de sentido que afecta a muchos jóvenes y adultos.  La pandemia de COVID-19 evidenció la fragilidad de nuestras estructuras sociales y la necesidad de fortalecer valores como la empatía, la solidaridad y el compromiso con el bien común.  En Colombia, iniciativas educativas que integran proyectos comunitarios y diálogo intercultural han demostrado que cuando los estudiantes encuentran un propósito en su aprendizaje, su motivación y sentido de pertenencia crecen.  Viktor Frankl, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, dijo que “el hombre se autorrealiza en la medida en que se compromete al cumplimiento del sentido de su vida”.  La educación debe ser el espacio donde ese sentido se descubra y se fortalezca.

Algunos podrían argumentar que en tiempos de incertidumbre la educación debe enfocarse en competencias técnicas inmediatas para garantizar empleabilidad.  Sin embargo, esta visión es limitada y peligrosa.  La historia nos muestra que, sin una formación crítica y ética, las sociedades se vuelven vulnerables a la desigualdad y la degradación ambiental.  Por eso, la educación debe equilibrar la formación técnica con el desarrollo integral del ser humano, para que las nuevas generaciones no solo sean competentes, sino también conscientes y responsables.

En conclusión, repensar los fines de la educación es un desafío que no admite dilaciones.  La educación debe trascender la instrucción para convertirse en un proceso transformador que prepare para vivir en un mundo complejo y cambiante. Como dijo John Dewey, “si enseñamos a los estudiantes de hoy como enseñamos ayer, les robamos el mañana”.  Apostemos por una educación que forme para la vida, para la convivencia y para la construcción de un futuro sostenible y justo.  Solo así podremos responder con esperanza y eficacia a la pregunta: ¿Educar para qué?

Columna de Opinión e-mail: jcardonaacosta@gmail.com