Punto de quiebre

Columnas de Opinión
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Tambalea el Gobierno español en estos días, señalado de corrupción por los opositores de siempre, que esta vez agitan unas pruebas frente a las que Pedro Sánchez, de habitual locuaz, se mantuvo callado por mucho tiempo.

El aplazamiento de una cumbre de la ONU en Nueva York hace que hoy, miércoles, el presidente del Gobierno tenga que responder de verdad ante el Congreso de los Diputados. Por lo demás, el uso de la cosa pública en provecho propio, de lo que se acusa al jefe del Ejecutivo por actos de interpuestas personas, no es novedad; al fin y al cabo, se trata de un político tan hábil que, siendo “niño pijo” casi igual que el Rey, supo convencer a los rojos que en serio grita “¡No pasarán!” convencido de esa idiotez. Fouché habría tenido que cargarle los zapatos.

Cuando por fin dijo palabra, el lunes, tuvo que salir a negar que convocaría a elecciones generales, las que todavía no cumplen dos años desde la última vez, cuando se le alargó el mandato. Con ello no solo reconoce implícitamente que la crisis sí que lo puede sacar del poder, sino que se evita volver a padecer el estribillo hecho música en julio de 2023, para recordarle sus tratos con independentistas que apestan a la ETA: “¡Que te vote Txapote!”. Quién puede dudar de la sabiduría del viejo pueblo español, gentes de genio fértil para los refranes. Ese sujeto, Txapote, Francisco García Gaztelu, actualmente paga medio milenio de condena por sus crímenes etarras; acaso el más recordado de ellos, el asesinato a sangre fría, el 12 de julio de 1997, de un joven político vasco de la derecha.

No es un secreto dentro de España que, a partir de ese episodio, la percepción de los terroristas vascos fue de pésima a execrable en la nación, no solo en su ámbito cultural. Quizás haya sido así porque la víctima, Miguel Ángel Blanco, era un hombre de solo veintinueve años, de familia humilde y trabajadora, que había conseguido ir a la universidad; pudo ser por el desprecio de la vida humana que Txapote y sus compinches mostraron con el indefenso concejal, o por el detalle de que los españoles estaban hartos de unos violentos que ya nada cabían en su escenario de nueva libertad. Sea como fuere, no puede dejar de verse ese día de hace casi tres décadas como un punto de quiebre, que significó la deslegitimación definitiva de cualesquiera fueran las vascuencias de la ETA.

¿Llegó Colombia al mismo momento histórico de no retorno? Lo del senador Miguel Uribe Turbay es una herida profunda en el alma nacional, con la suficiencia de consumirse las sobras de credibilidad en unos enemigos del país que obran con más disimulo que todos los Sánchez; para lo cual estos suelen parapetarse tras la credulidad de los que apenas ahora parecen haber perdido la inocencia, algo que ni siquiera el antigobierno padecido había catalizado. Hubo, sobre el hastío, un par de precedentes ruidosos: la marcha contra las Farc de 2008 y la firma del fracasado proceso de paz con esa organización en 2016. Ninguno de dichos eventos tuvo el efecto de humanización y toma de conciencia que sí han producido las imágenes terribles del 7 de junio pasado. Por supuesto, tales dones de lucidez están reservados a quienes no han perdido en absoluto la capacidad de asombro. 

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM