Como cada año, el otro día anduve deambulando por entre los pasillos atestados de la Feria del Libro de Bogotá, que se desarrolla de forma paralela a la de Buenos Aires, más antigua y concurrida que la colombiana; aunque, si tuviera que adivinar, diría que menos colorida. Afirman los expertos que, pese a que la gente no lee tanto como antes, los libros, venderse, se venden. La palabra no parece haber desaparecido; entre otras razones porque sería esperable que el día que tal lo haga el pensamiento mismo se evapore, y con él la inteligencia “natural”. Pues el logos no es inane: con él se puede construir y destruir por igual. Por ejemplo, hacia finales de 2024, el medio inglés de “centro radical” The Economist eligió como su palabra de ese año una que más parece declaración marcial.
Dicho término es “kakistocracy”, o “caquistocracia”, como recomiendan traducirla desde España. La palabra parece haber sido rescatada de entre los siglos por un profesor libanés a través de un artículo de prensa que publicó en un medio izquierdista de bistró francés, durante el auge de la pandemia de coronavirus de 2020, y que trabaja en una de esas universidades gringas que, siendo de élite, también son progres. Así, The Economist se escapó de su centrismo para irse con todo en diciembre de 2024 contra el elegido en noviembre Donald Trump: caquistocracia viene de la unión de las voces griegas “kákistos", lo peor, y "krátos", gobierno, para que entonces se pueda construir el concepto de “gobierno de los peores”. Sobra insistir en que los ingleses implicaban a los patriotas del MAGA.
Pero ¿por qué deberíamos creer en lo que digan medios de comunicación, periodistas, académicos o universidades de determinada agenda ideológica, y no en lo que expresen sus homólogos de la orilla opuesta? En otras palabras, ¿quién es “peor” que quién? Por supuesto, intentar responder a esa pregunta en una cuartilla sería absurdo. La que sí puede desempolvarse es una clave, entre varias, para encapsular a los cacócratas, que no tiene que ver necesariamente con los resultados oficiales de una administración en el corto o mediano plazo (a través de mentiras, los neomarxistas suelen ser diligentes distribuidores de la pobreza), sino más bien con el indicador por excelencia de la sanidad interna de una democracia liberal, como las que gustan en la redacción de The Economist.
Ubicar a los peores gobernantes empieza por reconocer que la democracia liberal, a pesar de que puede ser el “gobierno de los políticos” y no una democracia directa, es la contradicción de toda manifestación dictatorial. El problema es que en su complejidad se emboscan falacias: que una sociedad vea en los políticos sus representantes no quiere decir forzosamente que esa sociedad haya sido engañada para ello; ni que, en ese sentido, si se elige a un subversivo para liderar a un país, este quede mágicamente investido de autoridad para deshacer a la historia por sí y ante sí, y reescribir mal la democracia. Los genuinos cacócratas son los que propician la quiebra institucional para dizque garantizar que el pueblo decida, cuando en realidad el pueblo ya decidió impedir esas aventuras mesiánicas de transitorios detentadores del poder público, porque conoce a unas y a otros.