América Latina y la nueva geopolítica sin brújula

Columnas de Opinión
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Durante años nos hicieron creer que el mundo tenía un timonel claro, que el poder estaba en manos de unos pocos, que la diplomacia resolvía las diferencias y que el orden global era predecible.  Pero la realidad nos está mostrando que los mapas ya no trazan certezas y que las decisiones que afectan nuestra vida cotidiana se toman como en tableros de ajedrez que ni siquiera vemos o conocemos.  La geopolítica, esa palabra que sonaba lejana y exclusiva de diplomáticos, se ha convertido en parte de nuestra realidad más íntima.  Hoy, más que nunca, debemos preguntarnos: ¿quién manda realmente en el mundo?

La transformación del orden mundial ha generado una geopolítica en la que ya no hay una sola superpotencia indiscutida, ni alianzas eternas, ni conflictos que se limiten a fronteras visibles, sino un escenario caracterizado por una creciente multipolaridad, una pérdida de autoridad de los organismos internacionales, y la aparición de nuevos actores que influyen desde las sombras.  En este contexto incierto, América Latina tiene una oportunidad histórica y es la de dejar de ser espectadora para convertirse en protagonista, pero para lograrlo, necesita conciencia crítica, integración y una estrategia común que trascienda intereses de corto plazo.

Durante décadas, Estados Unidos fue considerado el gran árbitro de la política internacional. Sin embargo, el ascenso económico de China, con su iniciativa de la Franja Económica de la Ruta de Seda y la Ruta Marítima de la Seda, ha desafiado esta primacía con inversiones estratégicas en África, Asia y América Latina.  De hecho, para 2023, China era ya el principal socio comercial de Brasil, Chile y Perú (Cepal, 2023).  Paralelamente, Rusia ha buscado expandir su influencia mediante intervenciones militares, como en Ucrania, lo que ha generado un reordenamiento forzado de alianzas globales.  Estos cambios revelan que el mundo ya no gira en torno a un solo polo de poder sino que se fragmenta, se diversifica y se disputa en múltiples frentes.

La ONU, la OEA, y otros organismos multilaterales, diseñados para garantizar paz y cooperación, se han visto incluso “ignorados” por la incapacidad de prevenir conflictos o de sancionar con equidad.  Un claro ejemplo es que el Consejo de Seguridad de la ONU ha sido criticado por su inacción frente a la invasión rusa de Ucrania debido al poder de veto de los miembros permanentes.  Esta parálisis revela una contradicción: los mecanismos creados para proteger el orden mundial están, en algunos casos, facilitando su fractura. 

Las grandes corporaciones tecnológicas como Google, Meta o Amazon, y actores no estatales como plataformas de criptomonedas o grupos de desinformación digital, ejercen hoy un poder inmenso casi que sin restricción alguna y sin rendición de cuentas clara. Estas entidades influyen en elecciones, definen agendas mediáticas y controlan flujos de datos que afectan desde lo que consumimos hasta la educación que recibimos.  Un ejemplo evidente fue el escándalo de Cambridge Analytica en 2018, donde se manipuló información de millones de usuarios de Facebook para incidir en procesos electorales como el Brexit o las elecciones de Estados Unidos.  Esto demuestra que el poder no siempre reside en un Estado o una frontera, sino también en los algoritmos y en la capacidad de influir en la mente pública.

Frente a este escenario cambiante, América Latina tiene dos caminos: seguir siendo el tablero donde otros juegan, o comenzar a mover piezas con inteligencia estratégica.  Tenemos recursos estratégicos (litio, biodiversidad, agua), una población joven y creativa, y una historia común que puede ser la base para una integración regional sólida.  Sin embargo, esto requiere liderazgo colectivo, acuerdos regionales duraderos y una ciudadanía informada.  Como afirmó en su momento Confucio “La ignorancia es la noche de la mente: pero una noche sin luna y sin estrellas”.  Esta frase no solo advierte sobre los peligros de la desinformación, sino que también nos recuerda que la verdadera soberanía comienza con el conocimiento y la conciencia crítica.

En un mundo donde el poder se disfraza de tecnología, inversión o influencia cultural, entender la geopolítica no es un lujo, es una necesidad urgente.  Si no leemos el mapa nuevo, corremos el riesgo de perder el rumbo o de quedar fuera del juego.

Columna de Opinión e-mail: jcardonaacosta@gmail.com