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Columnas de Opinión
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Aspectos deportivos aparte, que a veces aburren (sobre todo cuando el equipo de uno pierde), resulta entretenido reconocer los elementos de la guerra semántica que tiene lugar antes, durante y después de los partidos de fútbol. Esto, desde luego, se exacerba tanto más cuanto que la rivalidad suele envenenar sabrosamente las lenguas y estiletes; por ejemplo, el fin de semana pasado jugaron en Sevilla el Real Madrid y el FC Barcelona una final de esas reñidas: allí, algunos del Blanco se refirieron con sorna a los blaugranas como el “Farsa”, o el “Var-sa” (por lo de la supuesta ayuda arbitral); y los catalanes, por su parte, que de repente sí hablaron en buen castellano, se sacaban el clavo con el consabido “Real Mandril”, o ya con el “Real Var-drid”, también por lo de los árbitros.

Al día siguiente de este partido, en Buenos Aires, le correspondió a River Plate recibir en su casa a Boca Juniors, para el encuentro que, si no supera en tradición ni fútbol al anterior, puede que lo haga en tipología política: se enfrentan los técnicos de River contra los aguerridos de Boca (las supuestas derecha e izquierda cara a cara, lo que no es necesariamente así). A los primeros, sus rivales en cancha les han llamado históricamente “las Gallinas”, y más recientemente, “RiBer”, por haberse ido a la segunda categoría del fútbol argentino en 2011. Con los boquenses, que más que fanáticos de un club son vecinos de un inmenso barrio porteño (donde posiblemente se inició la colonización española de Argentina), sus detractores se han concentrado en un solo mote, acaso por su dureza y significado malsano: “Bosteros”, lo que ha dado lugar a “Bosta Juniors”, sobra decir por qué.

Estas divisiones complementarias en el fútbol son frecuentes en la Latinoamérica mestiza. Lo de Buenos Aires se replica entre los arribistas “Bolsilludos”, del Nacional original, y los más populares “Carboneros”, de Peñarol, ambos de Montevideo. El remoquete sobre el uniforme de los primeros tiene que ver con el diseño de un bolsillo gigante en su camiseta que hizo las bromas de hace un siglo; y, en el caso de los segundos, se trató de una palabra italiana castellanizada, relacionada con el paso próximo de un tren transportador de carbón. Ciertamente, la orientación política está presente en el fútbol. Ahora bien, supongo que así debe de explicarse, aunque retorcidamente, que River y Peñarol sean amigos (Millonarios quisiera entrar al chat), y que Boca y Nacional hagan lo mismo.

En España, sectores del revisionismo balompédico actual se han ocupado de aclarar que en verdad el equipo del Generalísimo no era el Real Madrid, sino el FC Barcelona, lo que echaría por la borda la teoría de que el cuadro madrileño ganó sobradamente en Europa durante los años cincuenta del siglo pasado gracias al poder del Gobierno. Las pruebas indican que, ayuda económica al Barça, la hubo: ¿era mejor no darles a los catalanes un motivo adicional? Sea como fuere, con franquismo o sin él, el Real Madrid sigue siendo la escuadra de los más altos estándares, no como la del sábado, que permitió un gol en el último minuto, algo perfectamente evitable; y lo que es peor, un gol cuyo autor fue Jules Koundé, jugador francés de regular para malo, que además se viste con lindas faldas.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM