Disciplina táctica

Columnas de Opinión
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Italia, 1990. Colombia se juega su paso a los octavos de final del campeonato mundial de fútbol ante Alemania. Último minuto del partido: el voluntarioso delantero Rudi Voeller recupera una pelota en su sector derecho de la cancha, a casi tres cuartos de distancia campal de su portería, toca la pelota y la recibe de nuevo, avanza en diagonal a un paso excesivamente veloz para alguien de su estatura y peso, el balón atado al botín, para así dejar en el piso a dos o tres colombianos; entonces, algo incómodo, con el borde externo del pie derecho da el pase a tiempo mirando hacia el ámbito opuesto al terreno del que partió, para que el jugador que llegaba de atrás superara fácilmente a su marcador, y diera en destrozarle el arco al guardameta impotente, zurdazo inmisericorde, arriba y fuerte.

Colombia estaba eliminada con esa derrota, necesitaba el empate. No había jugado mal, pero eso a nadie le importa. Rudi Voeller, subcampeón sobreviviente del torneo orbital mexicano de 1986, y muchos años después entrenador de la nacional alemana, no parecía cansado: pocos minutos después de aquel gol, mientras Colombia se desesperaba, Voeller se movía por el sector izquierdo que ya se había probado vulnerable para los suramericanos. Por allí manejaba la pelota, tratando de entrar a la zona de anotación, cuando perdió el dominio con Leonel Álvarez, al que persiguió enseguida con ánimo intimidatorio, antes de que ese volante se apoyara en Luis Fajardo. Este transportó el balón lo más que pudo, siempre sin permitirle al persecutor Voeller que lo alcanzara.

El cuero recayó en Carlos Valderrama, al que Rudi quiso despojar del mismo, no una sino dos veces. No pudo. No repitió lo que, apenas momentos antes, había conseguido para generar el gol de la ventaja alemana. (Tras perder el útil hizo cuatro intentos enérgicos por hacerse con la pelota nuevamente; sus compañeros trataron de ayudarlo, pero parecían más cansados que él, que ya antes había mandado a callar con el índice en la boca a Gabriel Gómez, y que después soportaría un escupitajo en el pelo de parte de Frank Rijkaard, en el partido de octavos ante Holanda. Tal vez sus colegas confiaban en que se enmendaría, quizás él apostaba por ellos para que lo cubrieran). Valderrama, que viera un espacio a su derecha, cayéndose, con la zurda, habilitó a Freddy Rincón.

Voeller ya había hecho tres goles antes de ese partido con Colombia, y, aunque al final salió campeón mundial, no volvió a anotar en 1990; solo lo hizo de nuevo hasta el campeonato yanqui de 1994, cuando sumó dos más. En 1986 había marcado otras tres veces, lo que lo deja con el gran registro de ocho logros individuales en Copas Mundiales de la FIFA. Por otro lado, con la camisa de la selección nacional alcanzó cuarenta y siete goles en noventa partidos. Era un atacante de raza; y, sin embargo, también podía ser un factor de desorden en un equipo que no sabía jugar con inspiraciones momentáneas. Verlo hostigar jugadores contrarios, puede que inferiores en lo físico, confundía a los ejecutores de la táctica prevista, en la que cada uno tenía su trabajo previamente definido. Era, sí, un jugador valioso que, sin la fría rigidez de su escuadra, no habría ganado nada.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM