En dosis elevada, necesita Santa Marta. La ciudad que no ve convertido en realidad el afecto acendrado que tanto se le predica. Villa con acervo de historia, próxima a cumplir quinientos años, adornada por la naturaleza con múltiples encantos, preciosa porque la buriló con cincel prodigioso y pintó con fina paleta el generoso Creador del universo.
La urbe edificada por la mano del hombre, la parte física, presenta aspectos diferentes: el cinturón moderno, coloquialmente llamado El Rodadero sur, muestra crecimiento urbanístico perceptible a simple vista con auge de construcción vertical de edificios gigantes, pero no ha llevado aparejada solución a los servicios básicos: alcantarillado, agua potable y vías amplias pavimentadas. Las calles son estrechas, destapadas. Esa deficiencia en infraestructura riñe ostensiblemente con la planeación futurista de una ciudad moderna. ¡Para qué hacer comparaciones! A pesar de las falencias protuberantes, se expande el impulso constructor y no se detiene la demanda inmobiliaria. La naturaleza espléndida, con su ropaje majestuoso impulsa el ansia adquisitiva de los compradores nacionales y extranjeros.
El Rodadero tradicional, que en pretérito de grata recordación fue balneario predilecto de turistas colombianos y foráneos dejó de ser lo que antaño fue y, no obstante que es visitado por muchísimos viajeros, no ofrece el confort, ni la seguridad de antes, ni tiene la semblanza paradisiaca que embelesaba.
Muchos moradores del lugar claman por la recuperación del legendario Rodadero. Piden lo que es lícito demandar por parte de un conglomerado digno de respeto. Solicitan que la autoridad imponga el orden, erradique el vicio y restablezca la sana convivencia.
El Rodadero merece ser rescatado, para beneficio de los residentes permanentes como de los visitantes del idílico paraje. Articulando la acción oficial con la participación de la comunidad se logrará el plausible anhelo.
No es menester utilizar dialéctica compleja para entender la regla pragmática que enseña: donde no hay orden impera el caos que expulsa la convivencia plácida, pacífica, y enerva la posibilidad de entronizar progreso verdadero, no ficticio.
El casco antiguo de la ciudad, encerrado de norte a sur entre las calles Cangrejalito o 10 y Santa Rita o 22, y de este a oeste entre las Avenidas del Ferrocarril y la Rodrigo de Bastidas, llamado Centro Histórico, fue restaurado en parte con valiosa inversión del gobierno nacional, -periodo del presidente Álvaro Uribe y con participación decidida del vicepresidente Francisco Santos-; algunos sectores no pudieron ser objeto de la intervención restauradora. El sector privado ha participado de manera importante en la recuperación urbana. Muchas son las personas que adquirieron inmuebles, los remodelaron y en ellos funcionan confortables y hermosos hoteles boutique.
Un recorrido detenido, con mirada meticulosa por las calles céntricas de Santa Marta nos deja con el alma mustia, plena de nostalgia al ver el triste estado de abandono en que se encuentran. Desde luego, unas más que otras. Pero el aspecto de conjunto es deplorable. El terruño de antaño perdió su fisonomía señorial. De ella solo queda el recuerdo, catarsis de un tiempo pasado, reminiscencia de días felices. Ahora se percibe abandono, basura regada por pobres gentes de la calle, convertidas en despojos humanos, "tiras de piel, cadáveres de cosas", asfixiadas por el humo de la hierba alucinógena. ¡Qué dolor! Andenes disparejos o rotos. Fachadas de casas enmohecidas, sin pintura o pintadas y deslucidas con grafitis sin rasgos de arte.
Santa Marta requiere amor. Que del corazón de sus hijos fluya cariño por la tierra en la que Dios quiso que nacieran. Que despierte en cada samario el sentimiento cívico y, ante la inminencia del quinto centenario de la ciudad materna, con fervor haga algo, lo que esté a su alcance, para que ella luzca limpia, acogedora, esplendorosa, el próximo 29 de julio y siempre.