El pez en el agua

Columnas de Opinión
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Llevaba meses buscando por aquí y por allá mi ejemplar de El pez en el agua, libro publicado en 1993 y consistente en una suerte de anticipadas memorias de juventud y de política, a través de ordenados capítulos alternativos, del recientemente fallecido escritor peruano Mario Vargas Llosa. A pesar de que no acostumbro extraviar libros, no he podido encontrar este: se fortalece el temor irracional de haber perdido oficialmente esa edición que encontré sin buscar en una librería de viejo en Medellín, lo recuerdo bien, hará unos veinte años. No seguiré revolcando las cosas, esa pesquisa desconcertante ya no vale la pena; al fin y al cabo creo que lo importante era releer dicha autobiografía cuando su autor estaba aún vivo, porque así la habría podía entender cada vez mejor. 

Quizás dentro de un tiempo me haga con alguna nueva copia, recién salida de la imprenta, ya no polvorienta del guardado infame, llena de rayones de bolígrafo y con la foto de Vargas Llosa en la portada como candidato presidencial en el Perú. Puede que lo haga para entonces volver a vivir en sus páginas la infancia idílica de extranjería ignorada en un país vecino, el terror al padre resentido social, acomplejado y violento, el enamoramiento de una mujer que bien pudo haber sido su madre, la locura de casarse con ella y de trabajar en cuanta pequeña labor hallara para mantenerla…; y todo mientras nunca dejó de estudiar, de leer y de escribir, y, especialmente, de tratar de volverse un escritor profesional, y así un día vivir de tal oficio para no verse obligado a hacer nada más. 

Con menos interés, pero con disciplina, si recupero mi libro (por algún lado tiene que estar, tal vez no he hecho bien la exploración) podré regresar a los párrafos de amargura mal disimulada que la campaña presidencial peruana de 1990 le inspiraron al escribidor. Seguramente sin proponérselo, allí registró el detalle de aquella aventura a la que lentamente lo llevaron los sectores de la aristocracia limeña más dolidos con el colectivista y estatista Alan García, y, por qué no decirlo, su condición de creador literario degradada en la de vanidoso intelectual. Cualquiera es un intelectual y cualquiera es un político; es más: la Colombia actual demuestra que cualquiera puede ser presidente de un país. Lo que no se puede suplantar es la capacidad de crear universos paralelos.

Vargas Llosa cayó en la trampa de la oportunidad y renunció a su vida de mañanas tranquilas, por las que había luchado; a sus días de extática concentración y de escritura a mano desnuda, en las que la vulgaridad electoral no tenía cabida. Se hizo pues candidato para dar discursos y sonrisas fingidas, contar relativizaciones orales en lugar de redactar una y otra vez verdades meditadas, y convertirse de un momento a otro en el líder artificial de una realidad que no dominaba plenamente. No era un pez en el agua. Pero se perdonó rápido y volvió a empezar: en estos últimos treinta y cinco años demostró que no estaba acabado como escritor, como le habían vaticinado, y acaso la dura derrota personal lo hizo menos europeísta en su análisis sobre la pasión del poder en Latinoamérica, de la que siempre bebió. (¿Dónde habré puesto ese bendito libro?). Silencio, y que descanse en paz.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM